Una casa de madera nos esperaba a las afueras de la ciudad como diciéndonos “alto! Aquí se viene sin prisa”. Así que poco a poco fui, no sin lucha (que hasta para descansar hace falta trabajo), desprendiéndome de mis planes para dejarme sorprender por los que tocaran. Y así ha entrado la paz y la alegría. Los 8 juntos, ni uno más ni uno menos. Tu sei la mia casa.

Coimbra agarrapiñada en la ladera de un alto como encogiéndose para que el río Mondego no le moje los pies. Pero no lo consigue y sigue extendiéndose con el Monasterio de Santa Clara en la otra ribera. Aunque el convento bien podría protestar y decir aquello de “yo estaba aquí antes” con su románico a las espaldas. Siglos y siglos en cualquier rincón, en cada piedra. Y así como si nada, sin importancias excesivas. Me recuerda esto a nuestra americana cuando me decía “aquí, qué antiguo es todo”. Lo decía con envidia, claro. Para una vez que este término tiene su encanto…Pues aquí, en Coimbra, que vetusto es todo. Belleza siempre antigua y siempre nueva. Y su gente, agradecida por ello y sin creerse sus dueños, te acogen con amabilidad y se convierten en los muros más importantes.

Nos ponemos a hablar Con Carla y con Giovanna, estudiantes de derecho. Quieren hacer un doctorado y para sacar un dinero que les ayude en la matrícula venden postales a los turistas como nosotros. Pero la razón de hablar con nosotros no es esa sino la de respondernos a nuestras preguntas, a nuestro interés por aquel lugar, a nuestro piropo al decirles que van muy guapas con aquellas capas. Ellas, como si de su vestido se tratase, se sonrojan y lo agradecen y se las dejan a los niños para que se hagan unas fotos. Nos explican que son signo de respeto y solo se usan cuando el estudiante ya ha cumplido una serie de pasos y “la ha merecido”; además de cubrirse siempre con ella al entrar en el patio en el que ahora estamos dando relieve a las piedras que pisan y contemplan. Una vez que se han despedido, nos volvemos y les decimos que si ellas no venden postales como sus otros compañeros. Nos dicen que sí, tímidas, y yo pienso que ellas también han cumplido ya los pasos necesarios de la humildad, la amabilidad y la acogida para poder hacer el doctorado. Ay si siguiéramos viviendo, y no solo la universidad, tantas cosas con esa conciencia de admiración y agradecimiento…

Al final del día nuestros niños recuerdan este pasaje como uno de los más divertidos de la jornada. Esta es la vida que me gustaría ofrecer a mis hijos, despierta, real, sin tener que guiarme necesariamente por el capítulo “Portugal con niños”.

A los pies de la sapiencia
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