Julio, como ya sabíamos, ha sido un mes de cansancio y contraste. Mientras los niños hacían de la casa un campamento y aprendían a acoger a la niña de Kansas City que les cuidaba y a la que cuidábamos, nosotros hemos trabajado como si el mundo se acabara y la universidad fuera a ser el último bastión de humanidad que los extraterrestres se encontrasen. Siempre pasa, siempre, desde hace años, es así nuestro fin de curso e inicio de verano, pero no por ello nos pilla preparados. De esta forma estamos hechos. Lo sabemos pero seguimos esperando lo imposible: vivir con paz un mes en el que los hijos no tienen colegio. Ja. Y aprovechar sin cansancio sus energías. Más ja. La vida no es perfecta, pero es vida. Y solo la dureza de nuestro corazón nos hace creer que esto es insuficiente.

Así que vuelvo a entornar los ojos para enfocar y ¡ahí están! Todos los minutos presentes que fueron luminosos y que ni siquiera mi prisa o mi cansancio pudieron con ellos. Porque así afortunadamento también está hecha la vida: no perdemos lo que no comprendemos. Sigue ahí, indicándonos que no es nuestro.

Como estaban las estrellas cada noche esperándonos a que tú y yo las mirásemos desde nuestro jardín. Y tantas importancias habladas desde entonces. Y Alcazarén y D. José y Dora y Port Royal de nuevo.