que pronunciemos 2018 para recordar algo, alguna persona, alguna circunstancia, esa anécdota que se quedó atrapada ya para siempre en esa cifra.

Perdón por las veces que me consideré el centro de la circunstancia, el mesías de los demás, la altura última de las cosas. Pido perdón por lo cadáveres que dejé si los he dejado en alguna conversación, en alguna mirada, en algún juicio.

Gracias por el aliento de cada día multiplicado por 8, y por tantos otros a los que amo. Porque hoy no es siempre todavía pero a veces sí…y eso es un milagro. Doy las gracias porque cada hijo nos hace experimentar que la vida no es perfecta pero sí santa y toda educación comienza en el reto. Y tú recordándome cada día “para estos partidos nos hicimos futbolistas”…te doy las gracias por ello, y tantas. Gracias por los amigos, gracias por esta extraña compañía. Gracias por dejarme vivir como criatura y no como dueña de la viña, por aprender a disfrutar también cuando las cosas no van bien, incluso cuando el alma está encogida. Gracias por el tiempo de fiesta que nos permitimos para aprender a escribir relatos o para en silencio poder escuchar. Gracias por la desembocadura del Duero. Gracias porque a pesar de los pesares jamás hemos dudado de que el Sentido de las cosas nos busca y que nuestro despiste nunca gana. Gracias por los 40.

Y ahora, a unas horas de poner 2019 en la esquina derecha de la tarea de cada día… Pido que nunca nos falte la certeza de porque vivimos. Y te pongo a ti, Miguel. Tú que tan pequeñito sostienes el mundo.

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