Tiempo de verano

Tras la celebración de la que hablabas, marido, cada año vuelve a suceder. Cada año el verano. No había sido tan consciente como hasta ahora de que nuestro aniversario es la puerta de entrada a las noches de estrellas y el calor como prenda. Una especie de visagra a la vida más auténtica. Porque ¿no estamos hechos para esto?

 

Nosotros, los padres, seguimos trabajando. De hecho nos levantamos ahora más pronto que nunca, pero ¡está el sol! Y el cuerpo, cual girasol, es capaz de ponerse erguido y salir a la calle blandiendo el esfuerzo. Pero ellos, las criaturillas, pueden dormir sin ser despertados al grito de “no llegamos” que parece ser el lema motivador de la jornada de un posmoderno, llegar a algo. Porque uno siente que en esta vida tan repleta de quehaceres no se llega ni bien ni pronto a nada. Y cuando se despiertan deambulan por la casa en pijama y descalzos salen al jardín. No necesitan embuchar el desayuno, lo saborean como don. Y luego leen, saltan, hacen manualidades (la casa parece una papiroflexia venida a menos), se aburren, se pegan entre ellos y vuelven a necesitarse, cocinan dulces siempre duros y demasiado dulces, “hacen el vago” y de tanto hacerlo se aburren hasta de eso y deciden trabajar, riegan las plantas. Nadan, siempre sus cabellos húmedos. Y nos esperan a que lleguemos de trabajar.

 

Y nosotros, que hemos trabajado como siempre, sentimos que es fiesta. Porque ellos nos muestran como era ese lugar antes de que desnudos y avergonzados fuéramos expulsados.

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Una celebración (el día después, también)

Querida mía: Sí. Por supuesto. Hubo celebración.

Porque hoy no es solamente hoy. Ya lo dijo muy bonito C. S. Lewis, “There is no other day. All days are present now. This moment content all moments”.

Incluso hoy es el día después a ese hoy que está contenido en este momento presente. Y quizá esa es la razón de la celebración.

Aunque somos profundamente “pieperianos” y vamos por la vida con ese lema del gasto inútil y la fiesta, somos conscientes de que el momento no da para mucho más que una cena. Oiga, y no está nada mal.

Y como nos puede lo estético, nos movemos más por el lugar que por la fama de la cocina. En este caso lo “a priori” pintaba fenomenal. Terraza junto a un lago, luz especialmente cuidada…

Al llegar vemos que la mesa que nos han dispuesto está efectivamente junto al lago, pero también junto a una mesa larga compuesta por 3 matrimonios y 5 niños, que, fieles a su naturaleza, están montando ruido. No nos sale eso de “¡solidaridad obrera!”, pero tampoco vamos a ejercer de señor y señora Scrooge.

Después de hacer todo tipo de chistes y de acordarnos de “ese” consejo de “lo mejor para los matrimonios es por lo menos una vez a la semana ir solos a algún lugar para poder hablar” (¡nos ha fastidiado la obviedad!), has tenido un gesto maravilloso. Te has acercado y me has dicho en bajito: “yo creo que hoy nos podemos ahorrar gritos de niños y más cuando no son los nuestros. Ya verás”. Después llamaste a la camarera y enseguida te la has ganado. Lo de “amor, con cera conquistar la piedra dura” podría ser la divisa en tu escudo. Ella, la camarera, se ha reído mucho y al momento nos había preparado otra mesa, lejos del mundanal ruido.

En una procesión muy cómica, hacemos el traslado, cada uno llevando los platos que ya teníamos servidos.

Ganamos en silencio. Ganamos en intimidad y en conversaciones de las que merecen esos momentos.

Entre los vaivenes de platos y bebidas, te fijas en que una de la camareras tiene un corte en un dedo arreglado con unos puntos de sutura. Haces un comentario cariñoso y ella lo agradece. Cada visita a la mesa se va ampliando la información: es un corte con una copa rota; no si el médico me dijo que cogiera la baja, pero como me acaban de contratar; esta compañera es la que me salvó que me llevó corriendo al médico…

En el postre, nos traen una porción de tarta con una vela en signo de interrogación. “Es que no sabemos cuántos años cumplís”. Pero me quedo maravillado con ese símbolo. Una interrogación, que refleja el gran regalo.

Al despedirnos, tengo la extraña sensación de irnos de un lugar conocido, de un lugar seguro, y de un atisbo de amistad. Eres una convencida de eso que decía Claudio Magris del problema de las familias que se encerraban en sí mismas.

Y al volver a casa, me he dado cuenta al fin de lo sencillo que ha sido todo, ya el jornal ganado, vuelve a su casa alegre y siente que alguien empuña su aldabón, y no es en vano.

 

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Los mosquitos no faltaron a la cita                                                                     para recordarnos que la vida fue tan bella y limitada como pudo

 

Una celebración

Si alguien me pidiera que te describiera con una palabra, solo una,
¿cuál escogería?

Podría quedarme con tu libertad. “Qué mujer más libre”, dijo de ti alguien en quien confiamos mucho. Así asumes siempre sonriente el brindis de Newman: “brindo por el Papa, sí, pero antes por nuestra conciencia”.

Dudaría también en escoger lo exigente que eres. Solo tú me has enseñado lo precisos que son esos versos de Claudio Rodríguez, “vuelve a su casa alegre y siente que alguien/empuña su aldabón, y no es en vano”.

¿Y qué me dices de tu anhelo de verdad y de belleza que en ti siempre es celebración?

Espera,

“Celebración”.

Apuntes de un viaje (en directo)

Hemos llegado a casa tras haber trotado por otros lugares, escuchado otros acentos, visto los recortes que hace el mar en la costa (a los de la meseta esto nos resulta fascinante y nos lleva a preguntarnos ¿habrá a alguien que esto le parezca cotidiano?) y hemos llegado a casa sanos y salvos, que no por tópico hay que darlo por hecho.

Agradezco los pasos dados, lo nuevo visto todos juntos por primera vez, la posibilidad de romper el tiempo y crear memoria colectiva. Y también agradezco tener una casa a la que volver. Una estancia, en la que como dice Sendak, la cena sigue caliente a nuestra vuelta.

Apuntes de un viaje IV

Hemos ido a la tumba del poeta, de D. Antonio, el menor de los Machado. Frente al mausoleo que vimos el día anterior, un artista faraónico rodeado de las joyas que él mismo diseñó, Machado duerme junto a su madre en una sepultura en el suelo. Las letras están pintadas y parecen amenazar con borrarse al siguiente vistazo. Hemos quitado las hojas secas que cubrían los nombres y ese gesto me ha provocado el sello de una familiaridad ya vivida hace mucho con el sevillano. La sensación de traspasar por primera vez el recibidor de la entrada y escuchar el tintineo de los platos al chocar unos con otros en la cocina. Alrededor de la tumba banderas raídas por el tiempo y por la anacronía política y flores de plástico. Qué pobreza para aquel que su infancia era un patio de Sevilla donde maduraba un limonero. Pero más abajo, la clave

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Nosotros nos hemos comido un croissant a su salud mientras recitábamos Pegasos, lindos pegasos, caballitos de madera y hemos rezado a ese Dios que, quizá, no era un sueño, D. Antonio.

Apuntes de un viaje III

“Mamá, no he visto naaaada bonito” se quejaba nuestra primogénita alicatando cada sílaba para darle más dramatismo. Lo decía al salir de uno de los museos más cotizados por el turismo de nuestro país. Efectivamente, a mi me pasaba lo mismo. Ni esforzándome, oiga. Ni habiéndole dado mucha bola a esa pregunta de “pero ¿qué es el arte?”. Ni habiéndole concedido a Gombrich la razón cuando afirma que el virtuosismo del pincel jugando a ser fotografía no es necesariamente arte y dando por hecho que el surrealismo no es “una ida de olla”, o no es únicamente esto. Que este puede ser una agudeza de la inteligencia que quiere dar un paso más. Pero…nada ha sido bonito de lo que hemos visto esta mañana. Y la hemos invertido toda ella en eso.
Menos mal que antes de entrar pudimos ver la Iglesia de San Pere, contigua al museo, llena de silencio atravesado por hilos de luz entrando por las vidrieras. Pero ha habido un gesto más bello que esas piedras contemplándonos. Nos hemos encontrado con una parroquiana que nos ha explicado su presencia allí. Parece ser que hace unas semanas robaron las flechas del San Sebastián que tienen. Imagino el alivio del santo (para mi) y entiendo la indignación de la grey, que ha decidido hacer turnos de vigilancia, puesto que no tienen dinero para poder financiar un sistema de seguridad. Esta señora venía de trabajar y su tiempo libre quería utilizarlo en proteger ese espacio que lo sentía casa. Así, gratuitamente porque sí.
Al lado, las cámaras de seguridad del museo miraban de reojo curiosas semejante caso.

Apuntes de un viaje II (sigue en diferido)

Decía Sabina que el lugar donde has sido feliz no debías jamás de volver. Y Julio Llamazares en su libro El río del olvido confirma esta intuición. Pues bien, yo he vuelto hoy y con purrela siguiéndome, aunque fuera con banda sonora de queja, y no porque se sumaran a la melancolía literaria sino porque es tiempo de enmendar todo lo que propone una madre.

Decía que he vuelto hoy al lugar donde el día anterior habíamos sido felices. Bien es verdad que todo el pasado intocable se remontaba a 24 horas, y que volver más que por comprobar el placer de lo vivido era por cerrar lo que no se había cerrado. Te he preguntado si quizá no era necesario, si era un problema mío por no saber finalizar las cosas (a la línea de flotación que me he dado con esta pregunta). Y tú, que tienes esto más aceptado, como siempre, me has apoyado y has dicho ¡venga! Y hemos vuelto y hemos vuelto a ser felices. Da gusto cuando la melancolía se pasa de frenada y no tiene razón.

Apuntes de un viaje I (en diferido)

Nos propone un amigo que si vemos algo bonito no le hagamos una foto sino que lo contemos. Bien, hoy hemos visto muchas cosas bonitas.

Hemos cogido los 8 un petate y nos hemos ido de viaje. Hasta hace 48 horas no sabíamos donde iríamos. Es raro porque viajamos en familia, con enanos que no cumplen la posibilidad de saber ni quienes son, y esa condición provoca la necesidad de un poco de previsión, pero no ha sido el caso. La realidad es que estamos en camino por tierras aragonesas y en algún momento he tirado de instantánea. Era tan bonito…y era tanta la emoción de estar viendo algo juntos nuevo por primera vez para todos. Pero hubo otro momento en que no.

La luz era entre perro y lobo. Hacía ya frío. Los niños jugaban en un parque frondoso al lado de un cementerio. Sugerente combinación. Y tú y yo nos hemos apartado un momento y hemos visto un pueblo “garrapiñado” en la loma de una montaña, con casas unas sobre otras cual acuarela, con la diferencia de que detrás de cada ventana que se intuía había un alguien, una historia en acto, que vive y va a por el pan. Todo convocado alrededor de la torre de una iglesia, como si esta les diera el sentido de estar juntos. Las luces comenzaban a encenderse e iluminar el lugar. Al lado una presa de cemento imponente que curiosamente resultaba bella, quizá la belleza de la obra del hombre que le supera tanto en dimensiones. Un instante y un deseo de guardarlo todo en la memoria para que nada, nada se pierda. Tampoco las voces de los niños que nos reclamaban y que, ajenos a la organización familiar, hacen el viaje.

Deseo profundamente que estos días formen su memoria y acudan a ellos como el lugar común de nuestra alegría.

Ole la gente buena

Esto es lo que dice el capataz de una cofradía a aquellos hombres que llevan un paso religioso sobre sus hombros en tierras del sur. A mi siempre me ha gustado mucho escucharlo. De pequeña me acercaba a esa voz para oír expresiones como esta, que parecían alentar una ternura aparentemente impropia de esos hombres fuertes. Quizá por esa paradoja me conmovía aún más.

Hace unos días hubo un suceso en casa que nos dejó golpeados. Nos robaron el coche, o mejor dicho, lo que había dentro de él. Cosas valiosas para nuestra familia. No importan los años, vuelves a sentir que en el patio del colegio te han humillado. No haces nada con quedarte ahí parado mirando la tapia, pero ahí que te quedas, sólo que ahora un poco más sofisticado llamas a la policía y eso; que es como llamar a la profesora de guardia del patio. No es que no le importe, pero mire usted, tiene mucho jaleo ahora como para darte alguna explicación profunda y consoladora sobre el significado de la justicia.

En esas estábamos cuando sucedió algo más grande, el Bien. Les contaba a los niños lo que había pasado y a algunos se les llenaron los ojos de lágrimas mientras decían que sentían pena y rabia. Yo les dije “¡pero qué bien estáis hechos, hijos míos! ¡Claro! ante el mal sentimos pena y rabia ¡porque no nos corresponde!”. Y con respuesta concreta y eficaz uno de ellos dijo que podían romper la hucha para sustituir lo robado. En ese momento me llamabas para contarme que los amigos ya se habían puesto de acuerdo para hacer lo mismo. Ambos supimos ahí que el bien había ganado la batalla. Evidentemente un bien más grande que el de la sustitución rápida del mal. El mal, dice un amigo, sólo gana si nos hace malos. Y en este caso hacía muy buenos a los que queremos y nos mostraba la belleza de los hombres que viven a su altura.

Lo mejor y lo peor

Esto es lo que me dijeron unos padres de su hijo tras una noche ambos, ellos y yo, de vigilia en el hospital. “Es lo mejor y lo peor que nos ha pasado”, decían bajando el tono en el segundo adverbio y con anejos de justificación. Porque no es fácil decir que tú hijo es lo peor que te ha ocurrido, claro. Pero les comprendí bien…quizá porque es difícil no comprender y compadecerte de aquel que te está abriendo el corazón. De corazón a corazón siempre hay algo humano que rescatar. Y también porque unido lo peor a lo mejor que ha sucedido se entiende que el hijo es TODO lo que te ha ocurrido, lo más radical, lo más esencial, el Todo que ahora te define. Y a veces esa simbiosis no es fácil hacerla y “lo peor” se pone en pie y “lo mejor” se queda solo para lo emocional sin que parezca que lo bueno nos da aliento, sólo lo malo nos lo quita.

Entendí a esos padres que habían dormido agarrados a su hijo mientras yo les miraba tras la cortinilla del box y me conmovía. El hijo no estaba tan grave, de hecho no estaba ni tan enfermo, pero daba igual. Intuían que la vida del hijo no la podían custodiar ellos, como lo intuimos todos, sólo que hay en momentos que parece ponerse a flor de piel. Y ahí, “lo peor” llama a la puerta porque la angustia es mucha.

A no ser que nos acompañen y nos ayuden otros a ver que la vida, incluso amenazada, es un Bien. Y que ser testigos de una vida haciéndose, como es un hijo, es lo más apasionante que nos puede suceder, (sí, lo mejor y lo peor, ¡claro!) y que no depende de que la aferremos nosotros. Pero nos tienen que levantar la mirada, y enseñarnos que el humor es una buena herramienta frente a nuestra vulnerabilidad, y decirnos “ni siquiera de padres estáis solos…siempre seréis hijos”. Y así, quizá, sí se puede.