Me llevas la delantera, sí

Me llevas la delantera, sí.

No sólo una semana, la de tu Viernes de Dolores y mi Viernes Santo,

No sólo por tu alma de película de Howard Hawks, (siempre serás más divertida, tierna e inteligente que yo)

Me llevas la delantera porque me quieres más y primero,

Y por eso, lleno de estupor, reconozco en ti una luz reflejada,

una historia, la tuya, que refiere a la Gran Historia.

Esto de vivir

Tú sabes bien que somos enanos en hombros de gigantes. Y como decía Renoir hijo sólo podemos culpar a los padres del reuma o las orejas como coliflores, del resto vete tú a saber que pastor griego habrá tenido la culpa hace 2000 años.

Así que te cuento 3 frases que me han golpeado en los últimos tiempos. Alguna las hemos recibido a la vez. Ayer escuchando a La Shica, cuando entre canción y canción en el Café Berlín, confesó “yo antes quería ser una gran artista, ahora, en lo que quiero ser grande, es en esto de vivir”. Lo dijo sin retórica, como el que necesita contar algo grande en los entresijos de los adentros. Y pensé, verdaderamente a esta tipa ya merece la pena escucharla.

Me recordó a otra conversación con una amiga. Ambas andábamos hablando de la ambición profesional, de lo poco que nos hería la escalada, pero a su vez de lo agotador que era esto de ser mujer-me-culpo-por-no-llegar. El caso es que ella finalizó con una sentencia “yo donde quiero que me salgan bien las cosas es en casa”. Y en ese momento la casa, nuestra casa, se transfiguró en el lugar más importante del universo. En un espacio en el que estaban pasando las cosas más esplendorosas de la historia. No me lo podía perder. Quise armarme de mirada creativa para acogerlo y seguir haciendo que sucediera.

Por último, hace unos días, una colega que se doctoró a los 50, una vez criados sus churumbeles, y que ya me había apuntado con una sonrisa serena en otro momento que la vida es larga y muy bonita, me afirmó “No te confundirás nunca si eliges siempre amar, y lo demás, pues lo que vaya saliendo”. Esa misma noche pude comprobarlo.

Llegaba tarde de la universidad tras una conversación difícil, de esas que te despiertan y ponen en pie tu libertad. Sólo quería contárselo al sillón (al sillón porque sueles estar tú al lado cual psicoanalista) pero nada más entrar por la puerta nuestra primogénita me reclama “mamá, ayúdame con los deberes. Estoy muy cansada y no puedo más”. Podía haberme salido por una vertiente legítima “mira que te dije que los hicieras el viernes. Ahora con lo tarde que es y además no me ves que vengo agotada.arriquitauntauntaun…”. Pero no lo hice. Creo que por cansancio no por virtud. Y ahí que me senté a resumir con ella las 10 plagas de Egipto. Que ya preguntaré en el Valle de Josafat que qué necesidad había de tanta langosta y rana. En fin, que ahí estuve. Sólo preocupada de estar. A los cinco minutos nuestra niña, que llevaba preadolescente toda la semana, me miró y me dijo “muchas gracias, mamá” y siguió contando mosquitos.

Verdaderamente donde quiero ser grande es en esto de vivir la casa.

 

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madre mirando a Madre

Dar el alta a un amigo

manosamigasQuerida, déjame recordar una de tus anécdotas de periodista que está en mi lista de preferidas.  Prometo no revelar ningún nombre. Es esa de aquella en la que tu entrevistado respondió de tal manera que él mismo quedó asombrado de su propio ingenio, en una pirueta solipsista. Se giró hacia su secretario y le dijo: “Apúntame esa frase”.

A eso me quiero dedicar yo. A apuntar tus frases. Y lo mejor es que no tienes nada que ver con nuestro entrevistado que estaba encantado de conocerse.

Aquí va la última frase que he apuntado: “a un amigo no se le puede dar el alta nunca”. Es genial. Efectivamente, los psicólgos, los médicos, incluso los curas y directores espirituales, pueden dar el alta, ya sea por curación o ya sea por hartazgo. Pero a un amigo nunca se le puede dar el alta. A un amigo que te confía su pena, a un amigo que comparte una confidencia, a un amigo que te cuenta que ha superado tal tristeza, o al amigo que sigue en un pozo y solo se le puede acompañar en silencio (porque silencio no significa ausencia).

 

Homeland

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Una ventana en construcción

Me cuentas, querida, una maravillosa definición que utiliza José Jiménez Lozano de la palabra inglesa homeland. Sobre todo utilzada por los norteamericanos, dice este escritor, que también apunta que “suele ser traducida por patria, aunque quizás tiene en sí misma una sonoridad menos concreta, más amplia, de la casa o territorio solariegos, o solar propio, y seguramente nos aproximamos todavía más a su significado sentimental si la traducimos literalmente por casa-territorio o territorio como casa que se habita, no en el plano material sino en el ámbito de la cultura, que es decir en el de ser y estar nosotros mismos, y desde su ventana mirar el mundo. De manera que homeland sería entonces aquel lugar o aquellos lugares en los que tenemos nuestra morada cultural, el locus standi o lugar donde se está o al que se acude para mirar el mundo y entender”.

¿Y no va de eso la tarea de educar? ¿construir ese lugar, material e inmaterial, para que otros se asomen desde allí al mundo?

Un homeland que se construye poco a poco. Y no me resisto a contar un buen sillar que pusiste el otro día. Porque en nuestras reacciones, los del tercio se fijan muchísimo, les cala. Me cuentas que el otro día, en pleno fragor de la recogida colegial, una madre maleducada se abalanza con el coche y además suelta la lengua, eso sí, detrás de ese escudo que nos creemos que es la ventanilla del coche. Y tú, torera, te bajas (parar, templar, mandar), y llamas su atención tocándole la ventana. “Oye que somos madres del cole, no nos podemos enfadar así…discúlpame si te he molestado, pero no te vayas así”. Claro, el cobarde, ante la valentía se encona, y la interfecta siguió con ademanes pero sin mirar a los ojos.

Me dices luego por la noche que “qué mala sensación”. Intento consolarte, sentir contigo, y solo me salieron aplausos y vítores, como cuando volvían los héroes de las batallas: magistral forma de construir nuestro homeland, su homeland.

Tecnología a cambio de poemas

Tienes razón, marido, que la cotidianidad es un buen momento para contemplar lo excepcional, que la vida sea.
Y con estas ganas hemos comenzado el año.

Mientras escuchábamos y bailábamos a Depedro el sábado pasado en La Riviera “me surgió una cotidianidad“: que el Tercio disfrute más de la poesía. No es un propósito formativo sino existencial. A mi los poemas me han acompañado a lo largo de la vida y me han hecho saberme menos sola. ¿Quien no quiere ese barco para sus hijos?, mientras surcan días y semanas, semanas y años. Hasta llegar al otro lado de su vida…

Así que hemos lanzado un órdago populista y más viejo que el comer: el chantaje. ¿Quieres “una maquinita”??? pues apréndete 30 poemas pá empezar a hablar…

Sí, camarada, nos hemos aliado con el enemigo de lo vulgar y la resistencia creativa está temblando. Con lo que no cuentan los aliados es con el camino. A la meta llegaremos, o no, pero el camino, si lo caminamos bien, nos hará mirar distinto el destino. A todos.

Así que nuestros hijos, hijos de su tiempo a veces más que nuestros, anhelan con fervor ¡una tablet!, como si la caja de Pandora tuviera ahora el grosor de 5 mm y 10 pulgadas. Bien. A mi que siempre me ha aburrido soberanamente la tecnología, me cuesta entenderlo. Eso, y que soy una analfabeta anacrónica (no me enorgullezco de ello). Pero toca acompañar. Acompañémosles en ese deseo, como en cualquier otro. Sabiendo leer que hay detrás.

Mientras tanto ahí están, negociando el número de versos. “Aforismos son un 0,20, eh?” grita la madre mientras fríe croquetas. Y ya en el coche una pregunta chestertoniana “solo hay una cosa importante…¿¿¿qué es???” y todos gritan al unísono “TO-DO”.

Sí, marido, el tiempo ordinario es el mejor para contemplar el misterio

 

 

Lo hago por ti

Mira, amiga mía, que ya estamos en enero, y casi no nos hemos enterado. Qué bien lo decías el otro día: “El tiempo ordinario es el tiempo del cristiano. Si uno quiere dedicarse a contemplar los Misterios de la fe lo peor son eso que llaman tiempos fuertes…”

En esa sensación de velocidad, tengo querida todavía una espinita clavada. Te vas a reír (o quizá no, quizá nos podemos reir juntos porque a lo mejor te pasa igual). El caso es que desde el 26 de diciembre no puedo poner un disco de Coque Malla.

Cualquier amigo nuestro podrá leer sorprendido la anterior afirmación, sobre todo con la matraca que hemos dado con “el músico español más en forma del momento”. Pero tú sabes a lo que me refiero.

El 26 de diciembre Coque Malla actuaba en Madrid. En el Palacio de los Deportes (lugar mítico, casi de peregrinación, porque allí hemos visto ya un par de veces a don Roberto Zimmerman). Teníamos compradas las entradas desde hace no sé cuánto tiempo. Pero ese día, apareció un virus que ya había avisado a alguno del Tercio. K.O. por puntos: porque fue así, por puntos, porque fue de esos virus que te dejan fastidiado, pero con el “y si sí” en la boca. Tú que eres una jabata, quisiste ir, pero al montar en el coche, nos dimos la vuelta.

“¡ay! ¡con lo que nos apetecía! ¡ay! ¡cómo vamos a desaprovecharlo! ¡ay! ¡los euros que nos ha costado!”. En ese momento nos miramos y soltamos una bonita frase (y un pelín rimbombante): “pero… ¡nuestra libertad tiene un precio mucho mayor”. Y pa casa sin Coque Malla.

Esa noche que descansabas en casa (que es mi verdadero descanso, que tú puedas descansar) no me atrevía a mirar ninguna cuenta de tuiter o redes sociales, por si alguien contaba algo. No pude. Miré la cuenta de Fernando Navarro, crítico de música de El País, diciendo que la interpretación de Santo santo (una canción de Coque Malla de la que había dicho que él no siendo creyente había compuesto desde el anhelo y necesidad de hablar con alguien o Alguien) había sido “sublime”.

¡no jorobes!

Y así pasamos los días posteriores, repitiendonos que qué bien lo habíamos hecho, que ni con Primperán en vena habrías podido ir,… pero aquí sigo que no puedo escuchar ni el disco…

Y te escucho cantar otra canción de este autor. Una que se titula Lo hago por ti. Y ha venido en mi ayuda para leer la realidad aquel poema de Miguel D’Ors que recuerda algo así como que en la poesía hay un no sé qué que nos guiña el ojo.

Lo hago por ti.

¿te había dicho que el tiempo ordinario es el mejor para contemplar el misterio de la Navidad? ¿verdad?

¿o has sido tú?

La víspera

Hubiese sido mejor venir a la misma hora –dijo el zorro-. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, comenzaré a ser feliz desde las tres. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto; ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si vienes a cualquier hora, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Los ritos son necesarios.

¿Qué es un rito? –dijo el principito-.

Es también algo demasiado olvidado –dijo el zorro–. Es lo que hace que un día sea diferente de los otros días; una hora, de las otras horas. Entre mis cazadores, por ejemplo, hay un rito, el jueves bailan con las muchachas del pueblo. El jueves es, pues, un día maravilloso. Voy a pasearme hasta la viña. Si los cazadores bailaran no importa cuándo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones

Leyendo el Principito (ese libro que de pequeña nunca entendí) me reconozco zorro. Un corazoncillo con patas que quiere disfrutar más de la víspera que de la fiesta en sí. Quizá por eso los viernes tienen tanto éxito, quizá por eso celebramos la Nochebuena, quizá por eso hacemos la cuenta atrás del día 1 de enero. Anhelamos esperar, como si estuviéramos hechos de espera. Como si alguien nos hubiera prometido algo y ahí viviéramos, anclados de esperanza. Incluso en las peores circunstancias, ahí estamos, esperando.

Lo hemos hablado muchas veces, marido, ¿verdad? pero lo peor que les podemos hacer a nuestros hijos es arrancarles la espera; bien sea de un regalo envuelto esperando ser abierto, de una comida ardiendo cuando el hambre apremia, o de amar cuando sea la hora. Estamos hechos de espera. Y si somos capaces de amordazar la prisa, se nos regalará el significado de lo que esperamos.

 

 

Spe

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