Transmitir un sentimiento de grandeza y positividad de la vida

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Maryam, a la que animaron a buscar una “meaningful profession”

Ahí queda ese título, querida mía.

La frase es de Franco Nembrini, y según cuenta él mismo, es lo que más agradece a sus padres. Que le hayan transmitido el sentimiento de grandeza y positividad de la vida.

Hoy me ha explicado esa frase una matemática iraní. Yo no conocía hasta hoy a Maryam Mirzakhani, que resulta que es la primera mujer que ganó una medalla Fields (que en términos periodísticos es “el nobel de las matemáticas”). Bueno, pues resulta de Maryam que es de nuestra quinta, ya está en la Casa del Padre. De hecho por eso sé de su existencia, y por un comentario de mi hermana, matemática también, que en una sobremesa familiar se lamentó de ese hecho (no de ser matemática, ni de no saber quién era, entiéndeme).

Y esta semana me he cruzado con una entrevista que le hicieron hace tres años. En ella cuenta algunas cosas de su vida, como por ejemplo el origen de su fascinación por las matemáticas, y eso que de pequeña soñaba con ser escritora. Pero así, de pasada, cuenta que para sus padres lo importante era que “we have meaningful professions”. Lo pongo directamente en inglés, porque “meaningful” tiene mucha más fuerza. Algo así como que la profesión que se elija esté “llena de sentido”, y no eso que los de mi generación llamábamos “salidas”.

 

¿Niña o niño?

Pues no sabemos.
Le he dicho al médico que no queríamos saberlo, con ese plural mayestático que se gasta uno en momentos solemnes de consulta.

Nunca me pareció “gracioso” eso de ir al parto sin saber el sexo del bebé. Nunca lo hemos hecho ni pensado. Pero es lo que tienen “los sextos” que vienen a una casa donde “hay mucha gente” que se dedica a lanzar “y si…” o el tan español “a que no hay …”. El caso es que son carne de cañón de todo tipo de folclores. Me gusta pensar que eso le curtirá un humor a prueba de bombas y una dramaturgia que le valga para la vida.

Y a mi también me ha servido para algo, padre de la criatura, y así te lo cuento.

Una vez que ya había dicho “solo por hoy no me lo cuentes”, me he dispuesto a lo que realmente me tenía en tensión ¿estará? ¿seguirá ahí? …y ha empezado el espectáculo. El médico ha exclamado un rápido “mírale, ahí está” que me ha permitido bajar la guardia y ha seguido a lo suyo. Ha comenzado a dictar medidas, tecnicismos, morfologías mientras yo me ensimismaba.

La almendrita tiene hueso nasal, cuatro cavidades en su corazón, dos hemisferios cerebrales, también riñones. En un momento el médico ha dicho con formalidad “muy bien, cuatro extremidades con sus cinco dedos” y lo ha mezclado con palabras que yo no comprendía y que las decía con la misma solemnidad que su descripción de las manos. Y me ha venido la voz del salmista cuando afirmaba que en lo oscuro del seno materno le habían ido tejiendo…esa naricilla, ¿cuándo, cuándo se ha formado? ¿mientras yo escribía informes, regañaba a sus hermanos o hablaba con un amigo?…y el salmo 139 continúa descubriendo la experiencia de esta mañana, cientos de años antes de un avance científico inconmensurable…

No esperar la gran noticia de lo “que era” me ha permitido centrarme en lo “que es” y llenarme de estupor con un hueso nasal. Y en esa osamentilla sigo prendida hoy.

Lo otro que me ha permitido el no saber si es niño o niña es no haber renunciado todavía a ninguno de los dos. Sé que suena infantil, pero ahí que me descubierto. Sólo por hoy quiero que aún puedan uno u otro habitar en nuestra casa. Ya prepararé mi corazón…

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La almendrita se coge un pie con la mano.                               Y yo, como Job, sin enterarme de que iba esto de la creación ¿Dónde estaba yo cuando Tú creabas el mundo?

 

 

 

 

De-qué-va-esto

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Amigo mío del alma,

llevo semanas para hablarte por aquí y hoy lo puedo hacer, hoy que el trabajo me ha llevado a dormir fuera de casa. ¡Qué paradójico, verdad?

El mes de mayo fue de Big Time. La vida se impuso, esta y la Otra, y a mi me dejó como una mendiga suplicando al Dueño de todas: que lo que hemos vivido no sea en balde, que nos enseñe a vivir mejor, a enterarnos de-que-va-esto. Por que al fin y al cabo, de eso va la vida, ¿no? de enterarnos de que va, antes de que sea demasiado tarde (y por demasiado tarde sólo me refiero a la tarde de nuestro funeral, ¡antes lo compro!). Y no hay nada para ponerte en tu sitio que una muerte y un nacimiento. Rosa Montero afirma que “Solo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo: la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible.”

Pero el corre-corre de cada día cierra pronto la grieta. Eso, y que aunque tuviéramos toda la rutina que dices que anhelamos no seríamos capaces de poder atrapar tanto Misterio. Sólo nos queda suplicar rozar el manto por un momento de la realidad y que eso nos transfigure lo necesario para saber, sólo por hoy, de-que-va-esto de la vida.

Hoy pensaba que tener un sexto hijo es alejarse cada vez más de nuestro sueño de vivir en el centro de Madrid, en ese pisito bohemio de techos altos y decadencia cuidada que está a un paso de todas las librerías que sólo por entrar en ellas te conviertes en hipster ilustrado. O de nuestro anhelo de tiempo que no acabe, de paseos por el monte, de cursos de escritura creativa. En fin, de poderse mirar al ombligo, porque también éste es un Misterio inabarcable y legítimo de querer ser mirado. Pensaba que es bueno no censurar las ilusiones que hay y ponerlas en el round. De lo contrario no iremos hasta el fondo del deseo y viviremos así como sin salir del armario.

Junto a esto recordaba que también hemos deseado (¡y se nos ha concedido!) mirar el ombligo de otros. ¿Por qué? y me respondía y te lo cuento por aquí, ya que hoy no nos veremos. Porque no se me ocurre nada más grande y apasionante que ver a un ser humano haciéndose. Todo empieza susurrándote el Creador al oído “los dos sabemos que esta vida no es tuya, que nada has hecho tan espectacular como para juntar millones de células e inteligencia y crear a un ser con dos manitas y sus cinco dedos. Pero de cara a la galería va a ser tuyo y el encargo es este: no te conformes con menos que con un hijo que averigüe de-que-va-esto y esa sea su felicidad”. Y así empieza todo. Los vómitos y las noches en vela, los primeros dientes y la pregunta “¿por qué nos tenemos que morir, mamá? porque a mi me gustaría vivir para siempre”. ¡Comienza la función! y nosotros entre bambalinas contemplando semejante espectáculo y con la venia del director de la obra que nos da libertad y responsabilidad (…temor y temblor) para salir a escena cuando se nos antoje, mientras nos sigue susurrando “no te olvides, la última palabra es mía y es de ovación cerrada. Adelante”. Y ahí me descubro con el trabajo más arriesgado, apasionante, delicado y bello del mundo: ser madre. Y caigo en la cuenta de que no se trata de echar arena hasta apagar las ilusiones que se tienen y que seguramente no se alcancen, sino de ir hasta el fondo de ellas y comprender el deseo que las sostiene, aquello a lo que realmente estamos llamados y nos sacia más que nada.

He vuelto al piso de Madrid que no tendremos y me ha parecido un poco más pequeño y oscuro.

Bienvenido, pequeño

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La última morada

se-vendeSobremesa de comida familiar. Cada uno cuenta aquello que le atañe. Alguien anuncia un cambio de casa. Bravos y felicitaciones se suceden. El del anuncio lo acompaña con un “esta será mi última morada”, y recibe contestaciones de cariñosas reprobaciones, como esas que recibe la abuelita centenaria en cada cumpleaños: “¡ande qué cosas tiene, cómo va a ser su última celebración, si al final nos va a enterrar a todos!”.

Una vez pasada la algarabía, y explicado lo que no hacía falta explicar (esto es, que lo que había querido significar es las ganas de que esa casa sea muuuuuchos muchos años su morada), me sumo a ese anhelo expresado. Sí, porque contiene la lírica necesaria para que recuerda la raíz etimológica que nos lleva al modo de ser, a la costumbre. También porque es el padre de familia que ya ha cumplido uno de sus deberes (proporcionar un buen techo).

Dos razones íntimamente unidas en una vida cumplida: tiempo y libertad para poder responder a una vocación.

 

¿No hay mayor pesadumbre que la vida consciente?

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*Nota previa: asombrado y maravillado, porque lo que escribo se lo debo siempre a otros

Antes de que te lances, querida, recuerda que esto no lo digo yo, que lo dice Rubén (Rubén Darío, pero es que me permito estas licencias, como cuando uno dice Juan Ramón o Antonio, y se queda tan ancho) en ese poema de tan hondo impacto como es Lo fatal

Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.

Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro terror…
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por

lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos,
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,

¡y no saber adónde vamos,
ni de dónde venimos!…

Y en estas estamos, pero como bien dice el poeta Enrique García-Maíquez, “a los que amamos la rutina, esta nos elude”, y con ganas.  En las últimas semanas eso del big time se ha puesto testarudo, y nada menos que a través de vida que irrumpe y vida que se marcha.

Es que la mirada de Rubén al árbol y a la piedra es comprensible, pero me temo que eso no es lo que nos pide el cuerpo. Mas bien al contrario, pues aquí andamos anhelando tiempo de reposo, para que no se nos llene la bolsa de basura de pelotas de papel (para entender esto hay que ver esta charla Ted de Lupe de la Vallina)

 

Yo me pido la pesadumbre de la vida consciente, la esperanza de ver qué hay detrás de esa curva que vemos en el camino.

Así que ¡dale, rutina! ¡Ayúdanos a abrir los ojos!

 

Verdad de vida

Querida,

¡Lo que faltaba! ¡otro ítem más en la lista de tareas!

No, no puede ser. Este espacio público en el que quedamos de vez en cuando para charlar de todo lo que nos atañe, tiene que ser un lugar de libertad y no un alfiler (de los que pinchan, no de los de tender la ropa) más que nos aguijonee en la cotidianidad.

Por eso me abrazo a Fabrice Hadjadj, que en su prólogo al estupendo ¿Qué es una familia? dedica el libro a “los que no me han dejado escribir este libro”, vamos, su numerosa prole, porque todo lo que le han quitado en perfección de obra se lo han dado en verdad de vida.

No me digas que no es una justificación bárbara…

Me llevas la delantera, sí

Me llevas la delantera, sí.

No sólo una semana, la de tu Viernes de Dolores y mi Viernes Santo,

No sólo por tu alma de película de Howard Hawks, (siempre serás más divertida, tierna e inteligente que yo)

Me llevas la delantera porque me quieres más y primero,

Y por eso, lleno de estupor, reconozco en ti una luz reflejada,

una historia, la tuya, que refiere a la Gran Historia.

Esto de vivir

Tú sabes bien que somos enanos en hombros de gigantes. Y como decía Renoir hijo sólo podemos culpar a los padres del reuma o las orejas como coliflores, del resto vete tú a saber que pastor griego habrá tenido la culpa hace 2000 años.

Así que te cuento 3 frases que me han golpeado en los últimos tiempos. Alguna las hemos recibido a la vez. Ayer escuchando a La Shica, cuando entre canción y canción en el Café Berlín, confesó “yo antes quería ser una gran artista, ahora, en lo que quiero ser grande, es en esto de vivir”. Lo dijo sin retórica, como el que necesita contar algo grande en los entresijos de los adentros. Y pensé, verdaderamente a esta tipa ya merece la pena escucharla.

Me recordó a otra conversación con una amiga. Ambas andábamos hablando de la ambición profesional, de lo poco que nos hería la escalada, pero a su vez de lo agotador que era esto de ser mujer-me-culpo-por-no-llegar. El caso es que ella finalizó con una sentencia “yo donde quiero que me salgan bien las cosas es en casa”. Y en ese momento la casa, nuestra casa, se transfiguró en el lugar más importante del universo. En un espacio en el que estaban pasando las cosas más esplendorosas de la historia. No me lo podía perder. Quise armarme de mirada creativa para acogerlo y seguir haciendo que sucediera.

Por último, hace unos días, una colega que se doctoró a los 50, una vez criados sus churumbeles, y que ya me había apuntado con una sonrisa serena en otro momento que la vida es larga y muy bonita, me afirmó “No te confundirás nunca si eliges siempre amar, y lo demás, pues lo que vaya saliendo”. Esa misma noche pude comprobarlo.

Llegaba tarde de la universidad tras una conversación difícil, de esas que te despiertan y ponen en pie tu libertad. Sólo quería contárselo al sillón (al sillón porque sueles estar tú al lado cual psicoanalista) pero nada más entrar por la puerta nuestra primogénita me reclama “mamá, ayúdame con los deberes. Estoy muy cansada y no puedo más”. Podía haberme salido por una vertiente legítima “mira que te dije que los hicieras el viernes. Ahora con lo tarde que es y además no me ves que vengo agotada.arriquitauntauntaun…”. Pero no lo hice. Creo que por cansancio no por virtud. Y ahí que me senté a resumir con ella las 10 plagas de Egipto. Que ya preguntaré en el Valle de Josafat que qué necesidad había de tanta langosta y rana. En fin, que ahí estuve. Sólo preocupada de estar. A los cinco minutos nuestra niña, que llevaba preadolescente toda la semana, me miró y me dijo “muchas gracias, mamá” y siguió contando mosquitos.

Verdaderamente donde quiero ser grande es en esto de vivir la casa.

 

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madre mirando a Madre