En el cielo…

¿Se siguen cumpliendo años?

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De la pobreza al infinito

Los periodos de convalecencia son especiales. En una familia como esta, no dejan de ser un big time de primera clase, porque reposo, #nocogerpeso y demás brico-consejos de los médicos luego hay que llevarlos de dicho al hecho. El caso es complejo, pero he decir que también he podido rozar levemente con los dedos la pobreza y la poquedad propia, que siente divinamente, empezando por la mella que deja en el alma ya para siempre la batita hospitalaria con la que se te ve el culo hagas lo que hagas.

Pero hay que reconocer que el reposo da para mucho. Parece que la realidad se esponja y permite cierta apertura, de esa que permite descubrir la facultad de recoger el ciento por uno y que la vida no termine siendo los días que nos quedan por vivir.

Tras la operación, mientras yo estaba en la sala para despertarse de la anestesia (donde uno medio grogui empieza a tomar consciencia de lo sucedido y dice chorradas. URPA creo que lo llaman), me cuentas que habías pasado rato en la capilla. Allí te encontraste con una vecina de las de no más que saludar en el pasillo, o quizá algo más desde que su chaval sufrió un accidente que casi lo mata. Los encuentros fuera del contexto habitual obligan a más explicaciones. Ella te cuenta que va todos los días allí mientras el chico tiene su sesión de rehabilitación, y “aquí paso el rato. Yo no vengo a rezar. No sé hacerlo. Pero me pago el rato hablando con Él enfadada. Le digo ‘¿por qué permitiste que le pasara?’ y al momento le doy las gracias por haberlo salvado. ¿Tienes un mechero? Hoy vengo a poner una vela por un chaval que me han contado que le he pasado algo parecido, pero se ha quedado en coma. Yo no sé cómo se reza, pero vengo aquí todos los días”.

Tratar de amistad con quien bien nos quiere, ¿y dices que dijo que no sabía rezar? Nos descalzamos, que pisamos terreno sagrado.

¡Vivo quiere decir presente!

Con este grito de guerra comenzábamos el curso, o el comienzo oficial del curso, puesto que el curso ya llevaba muchos uniformes de colegio planchados y algún que otro viaje de trabajo a las espaldas.

¡Vivo quiere decir presente? yo que siempre ando mirando para atrás como si un niño se me hubiera soltado de la mano y la carretera amenazara a la espalda… Y Carbajosa dio en la linea de flotación “llevo los ojos llenos de imágenes de los últimos días, de las últimas semanas, con todo su verano…y si me apuras de los últimos 30 años. Pero te vuelvo a necesitar ahora, esta mañana. Porque por menos de tu presencia mi corazón decae”. Yo también…y mi corazón se conmovió. ¿Qué presencia puede hacer posible que el presente me baste?

¿Quien podrá guardar a buen recaudo todo lo sucedido desde ese 9 de agosto en el que la tía Emily me invitaba a escuchar la presencia de los niños sin hacerme yo presente?

Desde entonces cuántas imágenes guardan nuestros ojos.

Navegamos el mediterráneo en una cubierta llena de viento mientras los niños se reían al ser zarandeados y yo no podía evitar pensar en esas madres que también lo surcan pero sus hijos no ríen.

Hicimos noche con la familia a la que tan a mano tenemos, pero esta vez, llenos de arena de playa los pies, parecieran ser de nuevo descubiertos, necesarios y buenos.

Perdimos a un amigo que como del rayo se nos fue y que esperamos haya sido ganado para una vida mejor y más justa. 

Vimos estrellas también con aquellos que durante el curso hablamos de agenda, y de horarios, y de “recógeme a la niña que no llego”…allá, juntos, en el trocito que la buganvilla dejaba, parecían que eran los luceros los que nos envidiaban. Y también hemos construido murallas en la playa para que la marea no empapara nuestra jaima, nunca salen, siempre rebasan, pero entiendo que la muralla, en otro lugar más profundo, se halla.

Hemos convertido el patio familiar en una capilla con retablo de macetas y azulejos y nos hemos conmovido de la visita de otro del que no somos dignos de que entre en nuestra casa, pero qué bien que no tenga en cuenta dignidades.

Cambiamos en un segundo la alegría por miedo cuando nos enteramos de que uno de los nuestros viene herido. Y juntos a suplicar al de antes, que solo una palabra, solo una palabra, bastará para sanarnos. El mal, decía Olaizola, nos sirve para tener retazos de bien que jamás tendríamos de estar todo bien. Comienza la función…

Nuestra quinta ha aprendido a nadar y tú y yo nos decimos, tras un día agotador, que no podemos pasar por alto este hito. Que la vida es frágil y amenazante, y sin embargo, nuestra quinta ha combatido las olas.

Nuestra sexta se come la arena de la playa y ríe retadora.

Nuestro cuarto cumple 6 y le cantamos las mañanitas y por la noche la aldea se llena de velas, no de cumpleaños, pero si de aniversario, ese que recuerda que una noche del 18 de agosto el pueblo fue protegido, contra toda esperanza, del invasor. Y no solo es de bien nacido ser agradecido, sino que nos hace ser quienes somos.

Tú y yo en el porche, en el silencio, cantando Ojos de cielo, en la palabra medio somnolienta antes de caer en la batalla de cada día, en el libro que nos espera cada noche…tú y yo.

Y luego corre que te corre, uniformes de niños, libros de texto a la carrera, reponer flores secas del verano, el trabajo que empieza, el “todo muy bien y ¿vosotros?”, recuperar la agenda, el nuevo cole de la sexta, recordar que hoy es siempre todavía con esta nueva entrega, los Premios Razón Abierta y entre medias…

La necesidad de que la carrera se detenga si hay algo por lo que detenerse. Y volvemos juntos al lugar que acabamos de dejar a 600 kilómetros e iniciamos a nuestro tercero en aquello del salto a la reja. Y hago noche tras ese misterio tan ancestral y con tanta apariencia de sinrazón, pero que esconde algo tan valioso: hay algo por encima de nosotros. Vuelvo a casa con los botos y el sol a la cara. De nuevo a la carrera…

Y ahora a Roma. Mis ojos están llenos de esos enfermos que en mitad de la plaza imponente esperan. Tan frágiles. Ni siquiera saben que son el centro. Y yo, pequeña, que sí me sé el centro, ni siquiera quiero ya que me salude nadie. Todo para ellos.  Y María Bambina, y la pared decadente del Trastevere…

Y vuelta a casa a cerrar La casa. Y me acuerdo de Lorca y la advertencia al compadre de que su casa ya no es su casa. Y es verdad, si ellos no están, ¿qué casa hay ya? pero ay…se fueron y sus cosas se quedaron mirándonos. Aunque al estilo familiar, ni una pena que no le acompañe un chiste. Y la despedida fue fiesta.

Y lo extraordinario en lo ordinario, y tú al quirófano, y tú, siempre fuerte, débil. Y la oportunidad de quererte, pero no como siempre. Y pienso que reírse en la recuperación de la anestesia, rodeados de cables y enfermeras tiene mucho que ver con los votos nupciales…

Y antes alguien, a quien queremos y nos quiere, me había dicho, “¡despierta! ¿es que desde el 9 de agosto nada os ha pasado?, la tía Emily me tiene aburrida” y me emociona que ella, tan lista y generosa, espere algo de nosotros como si pudiéramos darlo. Y en esto se basa toda la ley educativa “dile a alguien que ni siquiera lo había pensado que puede y que le esperas, y moverá el mundo”. Gracias, tía Emily. Si tuviera montera te la tiraría al tendido.

Y con todo esto…Drexler nos canta que todo está vivo porque está en movimiento, no tenemos pertenencias, sino equipaje y llevamos el polen en el viento…por eso, te necesito ahora, en este minuto, porque por menos de Tu presencia, mi corazón se queda enjuto y seco.

En lugar seguro

“La tía Emily cree en la libertad del verano. No le preocupa mucho lo que hagan los niños siempre y cuando hagan algo, y sepan lo que hacen. Lo que no puede tolerar es la ociosidad y la dispersión mental. Cuando los niños se van de excursión, les mete en las mochilas guías de pájaros y flores, y los interroga cuando vuelven para ver si han aprendido algo. Cuando los acompaña a una noche de acampada y duerme en su raída tiendecita de campaña, pueden contar con unas instructivas charlas sobre las estrellas junto al fuego. En los días de lluvia como éste, se instala como una araña confiada en mitad de su tela hasta que el aburrimiento lleva a todos los niños del Point hasta su porche, donde les lee algo o les enseña francés”.

Leo parapetada en una hamaca de colores añiles, rosas y mostazas, sostenida por una cuerda de nudo gordo marinero entre dos columnas de piedra rojiza y siena. Su lectura te ha acompañado en julio, marido, y lo ha hecho tan bien que me persigues sutilmente hasta que me dejo acompañar yo por él en agosto. Ambos tenemos una cita después con nuestro amigo José Manuel para la segunda navegación de Un lugar seguro. Pasarse las lecturas como el que se pasa medicinas clandestinas es buena manera de dejarse sanar por el verano.

Bien, te decía que leía…desde hace años lo hago amenazada. Ya no hay largas tardes de verano para hacerlo, sólo encuentros furtivos cual amantes prohibidos…Paro un momento tras leer el párrafo de tía Emily. Estoy en el retrogusto cuando oigo a “nuestra primera” con “nuestra quinta” cocinar en el porche. La casa tiene una cocina exterior donde cocinamos viendo el cielo y los árboles de los que hemos cogido algunos de los ingredientes minutos antes. Se preguntan si hay alguna manera para cortar aceitunas, es decir, un único modo de hacer el mismo corte en todos. Ante su duda metafísica deciden hacer lo de siempre “mamáááá…..” y yo, que quiero hacer inadvertida mi presencia, mascullo un “pse..no…comoqueráis…” y sigo escuchando a los chicos zambullirse en la piscina de hinchables y olivos. Sé que en breve la escena idílica de campos de maíz se convertirá en campo de batalla porque “tú me has pegado primero…” pero por ahora, solo por hoy, que diría Roncalli, siguen riendo y no despiertan a la bebé que se acaba de quedar dormida.

Miro alrededor, los ojos apenas salen de la tela de colores, que si quieres, puede hacerte invisible, como cuando los niños se tapan los ojos para salir de escena. Y miro…y veo Un lugar seguro, la casa de nuestra familia, bien vivida, con sus noches de estrellas y sus dolores, llena de la vida que ha sido y que ahora es. Y veo la generosidad de los que nos quieren bien (y nos dicen “disfrutar de la vida! nada de lo que hay fuera se va a ir…descansad!”) y vuelvo a la novela, que cuenta la historia de un matrimonio, que gracias a otros, experimentaron la consistencia de la vida en casas bellísimas que nunca eran suyas pero que siempre se dejaron habitar por ellos, por pura gratuidad. La misma de la madre selva que me mira fijamente detrás de la hamaca.

Me como una aceituna cortada del revés.

Tiempo de verano

Tras la celebración de la que hablabas, marido, cada año vuelve a suceder. Cada año el verano. No había sido tan consciente como hasta ahora de que nuestro aniversario es la puerta de entrada a las noches de estrellas y el calor como prenda. Una especie de visagra a la vida más auténtica. Porque ¿no estamos hechos para esto?

 

Nosotros, los padres, seguimos trabajando. De hecho nos levantamos ahora más pronto que nunca, pero ¡está el sol! Y el cuerpo, cual girasol, es capaz de ponerse erguido y salir a la calle blandiendo el esfuerzo. Pero ellos, las criaturillas, pueden dormir sin ser despertados al grito de “no llegamos” que parece ser el lema motivador de la jornada de un posmoderno, llegar a algo. Porque uno siente que en esta vida tan repleta de quehaceres no se llega ni bien ni pronto a nada. Y cuando se despiertan deambulan por la casa en pijama y descalzos salen al jardín. No necesitan embuchar el desayuno, lo saborean como don. Y luego leen, saltan, hacen manualidades (la casa parece una papiroflexia venida a menos), se aburren, se pegan entre ellos y vuelven a necesitarse, cocinan dulces siempre duros y demasiado dulces, “hacen el vago” y de tanto hacerlo se aburren hasta de eso y deciden trabajar, riegan las plantas. Nadan, siempre sus cabellos húmedos. Y nos esperan a que lleguemos de trabajar.

 

Y nosotros, que hemos trabajado como siempre, sentimos que es fiesta. Porque ellos nos muestran como era ese lugar antes de que desnudos y avergonzados fuéramos expulsados.

verano

Una celebración (el día después, también)

Querida mía: Sí. Por supuesto. Hubo celebración.

Porque hoy no es solamente hoy. Ya lo dijo muy bonito C. S. Lewis, “There is no other day. All days are present now. This moment content all moments”.

Incluso hoy es el día después a ese hoy que está contenido en este momento presente. Y quizá esa es la razón de la celebración.

Aunque somos profundamente “pieperianos” y vamos por la vida con ese lema del gasto inútil y la fiesta, somos conscientes de que el momento no da para mucho más que una cena. Oiga, y no está nada mal.

Y como nos puede lo estético, nos movemos más por el lugar que por la fama de la cocina. En este caso lo “a priori” pintaba fenomenal. Terraza junto a un lago, luz especialmente cuidada…

Al llegar vemos que la mesa que nos han dispuesto está efectivamente junto al lago, pero también junto a una mesa larga compuesta por 3 matrimonios y 5 niños, que, fieles a su naturaleza, están montando ruido. No nos sale eso de “¡solidaridad obrera!”, pero tampoco vamos a ejercer de señor y señora Scrooge.

Después de hacer todo tipo de chistes y de acordarnos de “ese” consejo de “lo mejor para los matrimonios es por lo menos una vez a la semana ir solos a algún lugar para poder hablar” (¡nos ha fastidiado la obviedad!), has tenido un gesto maravilloso. Te has acercado y me has dicho en bajito: “yo creo que hoy nos podemos ahorrar gritos de niños y más cuando no son los nuestros. Ya verás”. Después llamaste a la camarera y enseguida te la has ganado. Lo de “amor, con cera conquistar la piedra dura” podría ser la divisa en tu escudo. Ella, la camarera, se ha reído mucho y al momento nos había preparado otra mesa, lejos del mundanal ruido.

En una procesión muy cómica, hacemos el traslado, cada uno llevando los platos que ya teníamos servidos.

Ganamos en silencio. Ganamos en intimidad y en conversaciones de las que merecen esos momentos.

Entre los vaivenes de platos y bebidas, te fijas en que una de la camareras tiene un corte en un dedo arreglado con unos puntos de sutura. Haces un comentario cariñoso y ella lo agradece. Cada visita a la mesa se va ampliando la información: es un corte con una copa rota; no si el médico me dijo que cogiera la baja, pero como me acaban de contratar; esta compañera es la que me salvó que me llevó corriendo al médico…

En el postre, nos traen una porción de tarta con una vela en signo de interrogación. “Es que no sabemos cuántos años cumplís”. Pero me quedo maravillado con ese símbolo. Una interrogación, que refleja el gran regalo.

Al despedirnos, tengo la extraña sensación de irnos de un lugar conocido, de un lugar seguro, y de un atisbo de amistad. Eres una convencida de eso que decía Claudio Magris del problema de las familias que se encerraban en sí mismas.

Y al volver a casa, me he dado cuenta al fin de lo sencillo que ha sido todo, ya el jornal ganado, vuelve a su casa alegre y siente que alguien empuña su aldabón, y no es en vano.

 

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Los mosquitos no faltaron a la cita                                                                     para recordarnos que la vida fue tan bella y limitada como pudo

 

Una celebración

Si alguien me pidiera que te describiera con una palabra, solo una,
¿cuál escogería?

Podría quedarme con tu libertad. “Qué mujer más libre”, dijo de ti alguien en quien confiamos mucho. Así asumes siempre sonriente el brindis de Newman: “brindo por el Papa, sí, pero antes por nuestra conciencia”.

Dudaría también en escoger lo exigente que eres. Solo tú me has enseñado lo precisos que son esos versos de Claudio Rodríguez, “vuelve a su casa alegre y siente que alguien/empuña su aldabón, y no es en vano”.

¿Y qué me dices de tu anhelo de verdad y de belleza que en ti siempre es celebración?

Espera,

“Celebración”.

Apuntes de un viaje (en directo)

Hemos llegado a casa tras haber trotado por otros lugares, escuchado otros acentos, visto los recortes que hace el mar en la costa (a los de la meseta esto nos resulta fascinante y nos lleva a preguntarnos ¿habrá a alguien que esto le parezca cotidiano?) y hemos llegado a casa sanos y salvos, que no por tópico hay que darlo por hecho.

Agradezco los pasos dados, lo nuevo visto todos juntos por primera vez, la posibilidad de romper el tiempo y crear memoria colectiva. Y también agradezco tener una casa a la que volver. Una estancia, en la que como dice Sendak, la cena sigue caliente a nuestra vuelta.

Apuntes de un viaje IV

Hemos ido a la tumba del poeta, de D. Antonio, el menor de los Machado. Frente al mausoleo que vimos el día anterior, un artista faraónico rodeado de las joyas que él mismo diseñó, Machado duerme junto a su madre en una sepultura en el suelo. Las letras están pintadas y parecen amenazar con borrarse al siguiente vistazo. Hemos quitado las hojas secas que cubrían los nombres y ese gesto me ha provocado el sello de una familiaridad ya vivida hace mucho con el sevillano. La sensación de traspasar por primera vez el recibidor de la entrada y escuchar el tintineo de los platos al chocar unos con otros en la cocina. Alrededor de la tumba banderas raídas por el tiempo y por la anacronía política y flores de plástico. Qué pobreza para aquel que su infancia era un patio de Sevilla donde maduraba un limonero. Pero más abajo, la clave

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Nosotros nos hemos comido un croissant a su salud mientras recitábamos Pegasos, lindos pegasos, caballitos de madera y hemos rezado a ese Dios que, quizá, no era un sueño, D. Antonio.

Apuntes de un viaje III

“Mamá, no he visto naaaada bonito” se quejaba nuestra primogénita alicatando cada sílaba para darle más dramatismo. Lo decía al salir de uno de los museos más cotizados por el turismo de nuestro país. Efectivamente, a mi me pasaba lo mismo. Ni esforzándome, oiga. Ni habiéndole dado mucha bola a esa pregunta de “pero ¿qué es el arte?”. Ni habiéndole concedido a Gombrich la razón cuando afirma que el virtuosismo del pincel jugando a ser fotografía no es necesariamente arte y dando por hecho que el surrealismo no es “una ida de olla”, o no es únicamente esto. Que este puede ser una agudeza de la inteligencia que quiere dar un paso más. Pero…nada ha sido bonito de lo que hemos visto esta mañana. Y la hemos invertido toda ella en eso.
Menos mal que antes de entrar pudimos ver la Iglesia de San Pere, contigua al museo, llena de silencio atravesado por hilos de luz entrando por las vidrieras. Pero ha habido un gesto más bello que esas piedras contemplándonos. Nos hemos encontrado con una parroquiana que nos ha explicado su presencia allí. Parece ser que hace unas semanas robaron las flechas del San Sebastián que tienen. Imagino el alivio del santo (para mi) y entiendo la indignación de la grey, que ha decidido hacer turnos de vigilancia, puesto que no tienen dinero para poder financiar un sistema de seguridad. Esta señora venía de trabajar y su tiempo libre quería utilizarlo en proteger ese espacio que lo sentía casa. Así, gratuitamente porque sí.
Al lado, las cámaras de seguridad del museo miraban de reojo curiosas semejante caso.