Ir de la mano

20171022_100914Apenas nos quedaban unos kilómetros para llegar a Frómista. Antes habíamos superado una rampa de más de un kilómetro de subida (y una pendiente de entre 15 y 18%), y habíamos disfrutado de nuestra querida meseta, esa que algunos desdeñan por no ser un paisaje de postal. Nos quedaba caminar a la vera del Canal de Castilla. 

En ese momento te vi de lejos. Comenzabas a flaquear. Ibas más lento, hasta que quedaste parado a un lado del camino. Ese camino que estamos haciendo con una familia compuesta de muchas familias. 

Ahora ya no muestras tu cansancio con la sinceridad con la que lo hacías de más pequeño. Te habría cogido a hombros, potrillo, pero ya no hay quien pueda contigo. 

Así que opté por cogerte de la mano y tirar de ti, “como cuando no podías hace años en las cuestas, como si fuéramos un tren y yo la locomotora”. 

Retiraste la mano sutilmente, nos miramos, y nos sonreímos.

“¿Te da un poco de vergüenza ir con tu padre de la mano?”. “Sí” y de nuevo una gran sonrisa. Y qué quieres que te diga, aunque no se me notó, yo ya tenía un nudo en la garganta. 

Ahí llegaba un momento para acoger al hijo. Sí, de acoger, porque cada etapa de crecimiento supone un modo distinto de hacerlo, de reconocerle recibiéndolo otra vez. No es crear la vida, implica la conciencia de que el otro es un don, es siempre un don.

 

Y me abracé a Virgilio, cuando en plena ascensión en el Purgatorio en la Comedia, y como explica fenomenal Franco Nembrini, se aprovecha de lo único en lo que se puede hacer palanca para mover al otro: la grandeza del yo y del deseo infinito que lo constituye.

¿Cómo? ¿Queremos quedarnos aquí?

Y me sonrió como al niño al que se convence con una fruta.

Después entró en el fuego delante

Y ahora, ya sin ir de la mano, seguimos caminando juntos hacia la meta.

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La curva de la glucosa

Siempre me pasa, tanto si voy a la peluquería como si me hacen la curva de la glucosa, creo que me voy a una estancia de investigación en Oxford y me cargo de libros, cuadernos para escribir y alguna lista pendiente que hacer. Ya que voy a estar sola y obligada a permanecer sentadita (me pondría de politono la voz de la enfermera diciéndome no se puede mover, eh? Qué maravilla) pues me lanzo a la pretensión del año sabático. Esto lo expresa muy bien Constanza Miriano, esa necesidad de rascar tiempo de cultivo a los momentos más inverosímiles simplemente por estar un rato sola.

Pues bien, nunca me sale. No paso del primer haiku (no llega ni a soneto). Enseguida hay una embarazada que no tiene libro y además ha echado papeletas para una diabetes gestacional en toda regla, por lo que va a permanecer 3 horas seguidas, sentadita y sin nada que hacer a tu lado. En ese momento sientes el aliento en la nuca y te dices “no mantengas contacto visual por tu padre. Mantén la mirada fija en el papel como si los presupuestos del estado dependieran sólo de ti”. Pero algo de la realidad te la juega, un llanto de un niño, una señora a la que ayudar, una enfermera que te pregunta a que hora es tu segundo pinchazo y en ese momento sabes que estás perdida. Has levantado la cabeza y allí está ella, preparada cual cobra para decirte “uf…que cansancio…y a mi me queda aún dos horas más…” mientras mira al frente haciéndose la encontradiza sin avasallar. Sólo tienes dos salidas, hacer que además de embarazada eres sorda o bien emitir un “psi…ya…aquí…”. Y empieza la conversación de bar, sólo que en vez de una birra tú ya te has tomado tu jarabe del tirón y el fútbol es cambiado por las mejores jugadas del embarazo, que van desde las medias de comprensión a placenta previa. En ese terreno suele darse la pregunta de “¿es el primero?” y ahí empieza otra ronda de “qué me dices, qué valiente, qué pasada, no trabajarás? Pero tendrás ayuda…” y un sinfín de presunciones que vas peloteando. Y miras de reojo tu haiku gritándote De no estar tú, demasiado enorme sería el bosque

Pero la última vez,mi embarazada de turno me contó al final de la conversación al uso una circunstancia especial: tenía una sobrina con cáncer con un pronóstico difícil. Le pregunté el nombre y me despedí diciéndole que me acordaría de ella. Que es la forma que tengo de decir, cuando no tengo confianza, que le pediré a Aquel que puede hacer algo que se acuerde de ella.

Salí y pensé que no hay libro que esté a la altura de una persona, aunque su vocabulario no sea shakesperiano. Siempre es una puerta abierta a otro camino, a un Misterio, incluso si no nos ha divertido o entretenido o aportado nada. El otro es un Bien porque el otro hace posible que yo sea.IMG_20171010_123403

Volar para entender

IMG_20171010_123643Vuelvo a casa tras unos días en La Casa, Roma. Estoy ahora mismo encima del Mediterraneo surcando el aire. Siempre me asombra y me sobrecoge volar, no por miedo sino porque me conmueve la sabiduría humana. Semejante barbaridad. Un pájaro mecánico que nos hace tener alas a los que sólo tenemos pies.

Y pienso en el correo de mi amiga S. justo antes de partir. Ella también iba a coger un avión junto a su marido. Siempre que lo hace se coloca frente a la cuestión última: y si no vuelven ¿que será de sus hijos? Y en ese momento despliega todo su protocolo de prevención y me escribe dándome instrucciones “úsese en caso de emergencia”: contraseñas, localización de documentos, todo el sistema operativo puesto en marcha. Este gesto me impresiona siempre por lo que tiene de impactante que alguien viva con esa conciencia de posibilidad de último día. Se suma a eso que mi amiga seguramente pueda viajar en primera clase y aunque parezca evidente podría ser causa de sentirse la dueña del mambo, tradúzcase por sentirse dueña del mundo, por consiguiente dueña de la propia vida. Pero no. Sabe que no hay primeras clases si la parca se empeña.

Pero esta vez hubo un elemento más. La última frase era para decirme lo que realmente le importaba si ella no estaba: que sus hijos no se apartaran del Sentido de la vida, que para ella es Dios. La emoción me atravesó. En ese momento entendí mejor aquello que habíamos estado leyendo en las últimas semanas tú y yo. “La pobreza es saber que no hay riqueza en el mundo que pueda satisfacer nuestro deseo”

Brava mi amiga

Conversaciones con la abuela

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Conversaciones I

Ella habla, cuenta, recuerda
vuelve y vuelve como madeja
al nudo que no le deja respirar
(o por el que respira todas sus penas)
y en ese volver, en cada ronda
aún ahora, nuevas ideas le asaltan
y se pregunta

“¿Cómo es posible que aquellos que todo lo que han hecho ha sido trabajar
tengan tantas ganas de reírse?”

Nos miramos y comprendemos
que toda la teología que esperábamos
se ha dado llena de Gracia

 

Conversaciones II

Su padre está en La Tertulia
se fue un día
lleno de dolor su costado
volver ya no pudo
ni pudieron aquellos que fueron traerle

Y allí le dejaron
hablando, hablando, hablando
para siempre
con los otros inocentes que sostienen el mundo

 

Conversaciones III

Calla
Mira a la tapia del patio
Vuelve
“¿Por qué los más pobres tenían ganas de reírse?”
Y ríe
La Gracia ya se ha dado

 

 

 

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Al hablar miráis al Cielo y la Esperanza susurra “No todo se perdió”

Transmitir un sentimiento de grandeza y positividad de la vida

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Maryam, a la que animaron a buscar una “meaningful profession”

Ahí queda ese título, querida mía.

La frase es de Franco Nembrini, y según cuenta él mismo, es lo que más agradece a sus padres. Que le hayan transmitido el sentimiento de grandeza y positividad de la vida.

Hoy me ha explicado esa frase una matemática iraní. Yo no conocía hasta hoy a Maryam Mirzakhani, que resulta que es la primera mujer que ganó una medalla Fields (que en términos periodísticos es “el nobel de las matemáticas”). Bueno, pues resulta de Maryam que es de nuestra quinta, ya está en la Casa del Padre. De hecho por eso sé de su existencia, y por un comentario de mi hermana, matemática también, que en una sobremesa familiar se lamentó de ese hecho (no de ser matemática, ni de no saber quién era, entiéndeme).

Y esta semana me he cruzado con una entrevista que le hicieron hace tres años. En ella cuenta algunas cosas de su vida, como por ejemplo el origen de su fascinación por las matemáticas, y eso que de pequeña soñaba con ser escritora. Pero así, de pasada, cuenta que para sus padres lo importante era que “we have meaningful professions”. Lo pongo directamente en inglés, porque “meaningful” tiene mucha más fuerza. Algo así como que la profesión que se elija esté “llena de sentido”, y no eso que los de mi generación llamábamos “salidas”.

 

¿Niña o niño?

Pues no sabemos.
Le he dicho al médico que no queríamos saberlo, con ese plural mayestático que se gasta uno en momentos solemnes de consulta.

Nunca me pareció “gracioso” eso de ir al parto sin saber el sexo del bebé. Nunca lo hemos hecho ni pensado. Pero es lo que tienen “los sextos” que vienen a una casa donde “hay mucha gente” que se dedica a lanzar “y si…” o el tan español “a que no hay …”. El caso es que son carne de cañón de todo tipo de folclores. Me gusta pensar que eso le curtirá un humor a prueba de bombas y una dramaturgia que le valga para la vida.

Y a mi también me ha servido para algo, padre de la criatura, y así te lo cuento.

Una vez que ya había dicho “solo por hoy no me lo cuentes”, me he dispuesto a lo que realmente me tenía en tensión ¿estará? ¿seguirá ahí? …y ha empezado el espectáculo. El médico ha exclamado un rápido “mírale, ahí está” que me ha permitido bajar la guardia y ha seguido a lo suyo. Ha comenzado a dictar medidas, tecnicismos, morfologías mientras yo me ensimismaba.

La almendrita tiene hueso nasal, cuatro cavidades en su corazón, dos hemisferios cerebrales, también riñones. En un momento el médico ha dicho con formalidad “muy bien, cuatro extremidades con sus cinco dedos” y lo ha mezclado con palabras que yo no comprendía y que las decía con la misma solemnidad que su descripción de las manos. Y me ha venido la voz del salmista cuando afirmaba que en lo oscuro del seno materno le habían ido tejiendo…esa naricilla, ¿cuándo, cuándo se ha formado? ¿mientras yo escribía informes, regañaba a sus hermanos o hablaba con un amigo?…y el salmo 139 continúa descubriendo la experiencia de esta mañana, cientos de años antes de un avance científico inconmensurable…

No esperar la gran noticia de lo “que era” me ha permitido centrarme en lo “que es” y llenarme de estupor con un hueso nasal. Y en esa osamentilla sigo prendida hoy.

Lo otro que me ha permitido el no saber si es niño o niña es no haber renunciado todavía a ninguno de los dos. Sé que suena infantil, pero ahí que me descubierto. Sólo por hoy quiero que aún puedan uno u otro habitar en nuestra casa. Ya prepararé mi corazón…

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La almendrita se coge un pie con la mano.                               Y yo, como Job, sin enterarme de que iba esto de la creación ¿Dónde estaba yo cuando Tú creabas el mundo?

 

 

 

 

De-qué-va-esto

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Amigo mío del alma,

llevo semanas para hablarte por aquí y hoy lo puedo hacer, hoy que el trabajo me ha llevado a dormir fuera de casa. ¡Qué paradójico, verdad?

El mes de mayo fue de Big Time. La vida se impuso, esta y la Otra, y a mi me dejó como una mendiga suplicando al Dueño de todas: que lo que hemos vivido no sea en balde, que nos enseñe a vivir mejor, a enterarnos de-que-va-esto. Por que al fin y al cabo, de eso va la vida, ¿no? de enterarnos de que va, antes de que sea demasiado tarde (y por demasiado tarde sólo me refiero a la tarde de nuestro funeral, ¡antes lo compro!). Y no hay nada para ponerte en tu sitio que una muerte y un nacimiento. Rosa Montero afirma que “Solo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo: la Tierra detiene su rotación y las trivialidades en las que malgastamos las horas caen sobre el suelo como polvo de purpurina. Cuando un niño nace o una persona muere, el presente se parte por la mitad y te deja atisbar por un instante la grieta de lo verdadero: monumental, ardiente e impasible.”

Pero el corre-corre de cada día cierra pronto la grieta. Eso, y que aunque tuviéramos toda la rutina que dices que anhelamos no seríamos capaces de poder atrapar tanto Misterio. Sólo nos queda suplicar rozar el manto por un momento de la realidad y que eso nos transfigure lo necesario para saber, sólo por hoy, de-que-va-esto de la vida.

Hoy pensaba que tener un sexto hijo es alejarse cada vez más de nuestro sueño de vivir en el centro de Madrid, en ese pisito bohemio de techos altos y decadencia cuidada que está a un paso de todas las librerías que sólo por entrar en ellas te conviertes en hipster ilustrado. O de nuestro anhelo de tiempo que no acabe, de paseos por el monte, de cursos de escritura creativa. En fin, de poderse mirar al ombligo, porque también éste es un Misterio inabarcable y legítimo de querer ser mirado. Pensaba que es bueno no censurar las ilusiones que hay y ponerlas en el round. De lo contrario no iremos hasta el fondo del deseo y viviremos así como sin salir del armario.

Junto a esto recordaba que también hemos deseado (¡y se nos ha concedido!) mirar el ombligo de otros. ¿Por qué? y me respondía y te lo cuento por aquí, ya que hoy no nos veremos. Porque no se me ocurre nada más grande y apasionante que ver a un ser humano haciéndose. Todo empieza susurrándote el Creador al oído “los dos sabemos que esta vida no es tuya, que nada has hecho tan espectacular como para juntar millones de células e inteligencia y crear a un ser con dos manitas y sus cinco dedos. Pero de cara a la galería va a ser tuyo y el encargo es este: no te conformes con menos que con un hijo que averigüe de-que-va-esto y esa sea su felicidad”. Y así empieza todo. Los vómitos y las noches en vela, los primeros dientes y la pregunta “¿por qué nos tenemos que morir, mamá? porque a mi me gustaría vivir para siempre”. ¡Comienza la función! y nosotros entre bambalinas contemplando semejante espectáculo y con la venia del director de la obra que nos da libertad y responsabilidad (…temor y temblor) para salir a escena cuando se nos antoje, mientras nos sigue susurrando “no te olvides, la última palabra es mía y es de ovación cerrada. Adelante”. Y ahí me descubro con el trabajo más arriesgado, apasionante, delicado y bello del mundo: ser madre. Y caigo en la cuenta de que no se trata de echar arena hasta apagar las ilusiones que se tienen y que seguramente no se alcancen, sino de ir hasta el fondo de ellas y comprender el deseo que las sostiene, aquello a lo que realmente estamos llamados y nos sacia más que nada.

He vuelto al piso de Madrid que no tendremos y me ha parecido un poco más pequeño y oscuro.

Bienvenido, pequeño

sorolla51

La última morada

se-vendeSobremesa de comida familiar. Cada uno cuenta aquello que le atañe. Alguien anuncia un cambio de casa. Bravos y felicitaciones se suceden. El del anuncio lo acompaña con un “esta será mi última morada”, y recibe contestaciones de cariñosas reprobaciones, como esas que recibe la abuelita centenaria en cada cumpleaños: “¡ande qué cosas tiene, cómo va a ser su última celebración, si al final nos va a enterrar a todos!”.

Una vez pasada la algarabía, y explicado lo que no hacía falta explicar (esto es, que lo que había querido significar es las ganas de que esa casa sea muuuuuchos muchos años su morada), me sumo a ese anhelo expresado. Sí, porque contiene la lírica necesaria para que recuerda la raíz etimológica que nos lleva al modo de ser, a la costumbre. También porque es el padre de familia que ya ha cumplido uno de sus deberes (proporcionar un buen techo).

Dos razones íntimamente unidas en una vida cumplida: tiempo y libertad para poder responder a una vocación.