El amén de los árboles

Es el título del último libro de Jesús Montiel. Nos explicaba él mismo su significado hace unos días.

Ser como los árboles que viven diciendo amén a toda la realidad, sin ponerla en entredicho, sin sospechar de ella, sin quejarse, haga lluvia, viento o sol. Ser como los árboles que acogen el tiempo y dan fruto.

No está mal como regalo de cumpleaños, ahora que los nuestros se dan el relevo. No está mal como fruto de esta vida que va cumpliéndose. Ojalá pudiera ser yo la que regala esta forma de estar a los demás.

Y no está mal ahora que las circunstancias van dándose la mano unas a otras y las adversidades son cada vez más creativas. Decir amén como los árboles y creer que todo está sostenido por una presencia amorosa.

Decía otro amigo hace poco que aún recuerda el día en el que se dio el milagro en su vida. Duró poco, pero se rasgó el velo y pudo ver la eternidad. Desde entonces vive de esa nostalgia prendida como una flor en la pechera. Pero nos avisaba con sequedad “todo está lleno de milagros. Cada día hay pájaros cantando. No hace falta nada extraño. Sólo hay que estar atentos”.

No me parece extraño que a estas alturas de la vida, marido, haya tantas sincronías (dixit Buenafuente a este tipo de coincidencias) sobre el milagro y sobre lo extraordinario en los pucheros más cotidianos.

Un gusto cumplir la vida a su lado.

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Hablando del Cielo

Era esa hora en la que todas las horas del día se cierran. Nos preparábamos tú y yo a hacernos uno con el sofá y dejar que el sueño fuera relentizando el “qué tal el día…” y de pronto: un grito. Era el de un hijo. Y seguido: el silencio. Nos pusimos en pie, bueno tú, que a mi mucho grito tiene que haber para que el pie me obedezca a esas horas, y te fuiste a la habitación de los niños. Allí, nuestro tercero, estaba tapado con la manta por la cabeza.

¿Qué te pasa???…

Que estoy pensando en la muerta y esas cosas…

El tercero nos tiene acostumbrado a estas ¿excentricidades? Bueno, nos tiene acostumbrados a poner el pie en la realidad. Sólo que era tarde y la verdad, el Cielo podía esperar, pensaba yo. Pero ahí estabas tú.

Pero, ¿por qué tienes miedo?…

Porque ¿cómo va a ser?? además, a mi me gusta esta vida, ¡esta! ¿sabes? y pensar que vosotros, que…todos…(llantos)

Mientras yo podía escuchar el silencio sostenido de cada uno de los 8 en sus respectivas camas pensando “a ver como resuelve la papeleta mi padre”. Ahí no se movió ni el tato. Expectantes. Educación a pie de urna.

Pero, hijo, tú ¿para que has venido al mundo? Además, ¿qué es lo que te preocupa no haber hecho si te mueres? porque podemos empezar a hacerlo ya…

Pues, todo…a mi me gusta el futbol, me gustan estos cuerpos que tenemos y allí, ¿cómo vamos a hacer?

Comenzaba el segundo round: el Cielo. Y el cuarto se une a la fiesta y apunta:

Allí podrás conocer a Di Stefano ¡y que te firme un autógrafo!

A lo que tú ya metido en faena reclamas

¡Qué mierda autógrafo! ¡allí no necesitaremos autógrafos! seremos hermanos. Jugarás con él al futbol

El tercero sigue bajo la manta. La angustia no le deja ver, ni respirar. Pero el cuarto exclama:

¡Papa! ¡pues nos morimos tú y yo!!

Empieza a intuir la belleza que tú, padre, anhelas para tus hijos. Por qué si no, me pregunto yo desde el sofá, ¿para qué les hemos traído a este mundo?

Pero esta exaltación “del novio de la muerte” que tiene nuestro cuarto no la obedeces. Estás atento sólo al desasosiego del tercero, que sigue llorando y sigue husmeando como un perro de presa que hay en esta vida que pueda asirse hasta que sea eterno. Le empiezas a hablar del cielo, pero no lo haces como un lugar idílico sólo, ¿a quién le interesa un lugar?, le hablas de Quien espera, le hablas de Alguien. Y él, cargado de cita bíblica a sus espaldas, suelta:

Pero que vas a saber tú??? si ni ojo vió ni oido oyó…

Tú sueltas unos cuantos improperios ante la ocurrencia paulina…ya le vale al de Tarso! dices, y volviste al comedor cual torero revolcado en la plaza pero sin haberte apeado ni un sólo momento de ese lugar donde el toro puede ganar. Me miraste “la próxima conferencia la impartes tú, vale?” … Y supe que los 8 habíamos tocado un poco de cielo esa noche.



Escatología en zapatillas de andar por casa

Bajaba ayer las escaleras de la universidad que llevan de mi lugar de trabajo a la calle y escucho “venga que ya es jueves” a lo que la voz receptora responde “sí, ¡¡ya queda menos!!”. Ambas voces animadas se dan palmadas en la espalda y se separan.

Ya queda menos, ¿para qué? pensé. Ya ya…imagino. Para el viernes, para las copas o para quedarse en casa descansando, para estar con la familia o para echarse un partidillo con los amigos…yo que sé. El caso es que ya queda menos. Y enseguida me sobrevino ¡y tanto que queda menos! un día menos para la funesta hora…

Perseguimos algo, corremos tras de algo. Acabo de escuchar ahora mismo, mientras escribo, en el rellanismo de la escalera (José Mota, dixit…) “venga, chicos, que ya es viernes”. Y si hubiera estado yo tras la puerta hubiera respondido con toda la empatía vecinal “sí, qué bien, verdad?”…No nos salvamos de esta carrera. Participamos de esta cosmovisión como lo hacemos de Melchor, Gaspar y Baltasar. Podremos jugar en equipos diferentes en la vida pero llega el viernes y nos hacemos hermanos. Y un poquito más tarde volvemos a encontrarnos y todo quisqui entiende “aquí…de lunes” como si fuera el mantra a cuyos pechos nos criamos. Y ahí toda la escatología del mundo, esta vez en forma de estercolera, se pone en nuestra expresión.

Insisto…para qué. Por qué esta carrera de fondo. Hacia dónde. Vivimos como si alguien nos hubiera prometido algo.

Voy a comprobarlo ¡que ya es viernes!

A tan solo unas horas de…

que pronunciemos 2018 para recordar algo, alguna persona, alguna circunstancia, esa anécdota que se quedó atrapada ya para siempre en esa cifra.

Perdón por las veces que me consideré el centro de la circunstancia, el mesías de los demás, la altura última de las cosas. Pido perdón por lo cadáveres que dejé si los he dejado en alguna conversación, en alguna mirada, en algún juicio.

Gracias por el aliento de cada día multiplicado por 8, y por tantos otros a los que amo. Porque hoy no es siempre todavía pero a veces sí…y eso es un milagro. Doy las gracias porque cada hijo nos hace experimentar que la vida no es perfecta pero sí santa y toda educación comienza en el reto. Y tú recordándome cada día “para estos partidos nos hicimos futbolistas”…te doy las gracias por ello, y tantas. Gracias por los amigos, gracias por esta extraña compañía. Gracias por dejarme vivir como criatura y no como dueña de la viña, por aprender a disfrutar también cuando las cosas no van bien, incluso cuando el alma está encogida. Gracias por el tiempo de fiesta que nos permitimos para aprender a escribir relatos o para en silencio poder escuchar. Gracias por la desembocadura del Duero. Gracias porque a pesar de los pesares jamás hemos dudado de que el Sentido de las cosas nos busca y que nuestro despiste nunca gana. Gracias por los 40.

Y ahora, a unas horas de poner 2019 en la esquina derecha de la tarea de cada día… Pido que nunca nos falte la certeza de porque vivimos. Y te pongo a ti, Miguel. Tú que tan pequeñito sostienes el mundo.

Oración para educar

Te escribo porque ya sabes que yo solo soy competente en la súplica.

Ya nos los avisabas, “no os maravilléis de esto porque…” ¡Porque no sabéis lo que viene! Y lo que venía eran unos cuantos dones inmerecidos, que Tú, inconsciente de la vida, pones a nuestro cargo, y que, por inmerecidos, nos sobrepasan.

Concédeme entender que la tarea es sembrar, y no tanto recolectar.

Así que ya sabes que voy a ir pidiéndote la salud del cuerpo, y como Moro, el buen humor necesario para mantenerla.

 Y me pones cuarto y mitad de alma santa, que, aunque no lo parezca, yo lo que quiero es plenitud también en la más simple contingencia cotidiana.

Dame serenidad para que no me asuste el pecado, el mío. Y recuérdame (mucho, muchísimo) a caer en la cuenta del detalle de que debajo del barro,están ellos, los dones.

¡Ay! Y, sobre todo, ¡que viva la primera persona del plural! 

Así sea.

De la pobreza al infinito

Los periodos de convalecencia son especiales. En una familia como esta, no dejan de ser un big time de primera clase, porque reposo, #nocogerpeso y demás brico-consejos de los médicos luego hay que llevarlos de dicho al hecho. El caso es complejo, pero he decir que también he podido rozar levemente con los dedos la pobreza y la poquedad propia, que siente divinamente, empezando por la mella que deja en el alma ya para siempre la batita hospitalaria con la que se te ve el culo hagas lo que hagas.

Pero hay que reconocer que el reposo da para mucho. Parece que la realidad se esponja y permite cierta apertura, de esa que permite descubrir la facultad de recoger el ciento por uno y que la vida no termine siendo los días que nos quedan por vivir.

Tras la operación, mientras yo estaba en la sala para despertarse de la anestesia (donde uno medio grogui empieza a tomar consciencia de lo sucedido y dice chorradas. URPA creo que lo llaman), me cuentas que habías pasado rato en la capilla. Allí te encontraste con una vecina de las de no más que saludar en el pasillo, o quizá algo más desde que su chaval sufrió un accidente que casi lo mata. Los encuentros fuera del contexto habitual obligan a más explicaciones. Ella te cuenta que va todos los días allí mientras el chico tiene su sesión de rehabilitación, y “aquí paso el rato. Yo no vengo a rezar. No sé hacerlo. Pero me pago el rato hablando con Él enfadada. Le digo ‘¿por qué permitiste que le pasara?’ y al momento le doy las gracias por haberlo salvado. ¿Tienes un mechero? Hoy vengo a poner una vela por un chaval que me han contado que le he pasado algo parecido, pero se ha quedado en coma. Yo no sé cómo se reza, pero vengo aquí todos los días”.

Tratar de amistad con quien bien nos quiere, ¿y dices que dijo que no sabía rezar? Nos descalzamos, que pisamos terreno sagrado.

¡Vivo quiere decir presente!

Con este grito de guerra comenzábamos el curso, o el comienzo oficial del curso, puesto que el curso ya llevaba muchos uniformes de colegio planchados y algún que otro viaje de trabajo a las espaldas.

¡Vivo quiere decir presente? yo que siempre ando mirando para atrás como si un niño se me hubiera soltado de la mano y la carretera amenazara a la espalda… Y Carbajosa dio en la linea de flotación “llevo los ojos llenos de imágenes de los últimos días, de las últimas semanas, con todo su verano…y si me apuras de los últimos 30 años. Pero te vuelvo a necesitar ahora, esta mañana. Porque por menos de tu presencia mi corazón decae”. Yo también…y mi corazón se conmovió. ¿Qué presencia puede hacer posible que el presente me baste?

¿Quien podrá guardar a buen recaudo todo lo sucedido desde ese 9 de agosto en el que la tía Emily me invitaba a escuchar la presencia de los niños sin hacerme yo presente?

Desde entonces cuántas imágenes guardan nuestros ojos.

Navegamos el mediterráneo en una cubierta llena de viento mientras los niños se reían al ser zarandeados y yo no podía evitar pensar en esas madres que también lo surcan pero sus hijos no ríen.

Hicimos noche con la familia a la que tan a mano tenemos, pero esta vez, llenos de arena de playa los pies, parecieran ser de nuevo descubiertos, necesarios y buenos.

Perdimos a un amigo que como del rayo se nos fue y que esperamos haya sido ganado para una vida mejor y más justa. 

Vimos estrellas también con aquellos que durante el curso hablamos de agenda, y de horarios, y de “recógeme a la niña que no llego”…allá, juntos, en el trocito que la buganvilla dejaba, parecían que eran los luceros los que nos envidiaban. Y también hemos construido murallas en la playa para que la marea no empapara nuestra jaima, nunca salen, siempre rebasan, pero entiendo que la muralla, en otro lugar más profundo, se halla.

Hemos convertido el patio familiar en una capilla con retablo de macetas y azulejos y nos hemos conmovido de la visita de otro del que no somos dignos de que entre en nuestra casa, pero qué bien que no tenga en cuenta dignidades.

Cambiamos en un segundo la alegría por miedo cuando nos enteramos de que uno de los nuestros viene herido. Y juntos a suplicar al de antes, que solo una palabra, solo una palabra, bastará para sanarnos. El mal, decía Olaizola, nos sirve para tener retazos de bien que jamás tendríamos de estar todo bien. Comienza la función…

Nuestra quinta ha aprendido a nadar y tú y yo nos decimos, tras un día agotador, que no podemos pasar por alto este hito. Que la vida es frágil y amenazante, y sin embargo, nuestra quinta ha combatido las olas.

Nuestra sexta se come la arena de la playa y ríe retadora.

Nuestro cuarto cumple 6 y le cantamos las mañanitas y por la noche la aldea se llena de velas, no de cumpleaños, pero si de aniversario, ese que recuerda que una noche del 18 de agosto el pueblo fue protegido, contra toda esperanza, del invasor. Y no solo es de bien nacido ser agradecido, sino que nos hace ser quienes somos.

Tú y yo en el porche, en el silencio, cantando Ojos de cielo, en la palabra medio somnolienta antes de caer en la batalla de cada día, en el libro que nos espera cada noche…tú y yo.

Y luego corre que te corre, uniformes de niños, libros de texto a la carrera, reponer flores secas del verano, el trabajo que empieza, el “todo muy bien y ¿vosotros?”, recuperar la agenda, el nuevo cole de la sexta, recordar que hoy es siempre todavía con esta nueva entrega, los Premios Razón Abierta y entre medias…

La necesidad de que la carrera se detenga si hay algo por lo que detenerse. Y volvemos juntos al lugar que acabamos de dejar a 600 kilómetros e iniciamos a nuestro tercero en aquello del salto a la reja. Y hago noche tras ese misterio tan ancestral y con tanta apariencia de sinrazón, pero que esconde algo tan valioso: hay algo por encima de nosotros. Vuelvo a casa con los botos y el sol a la cara. De nuevo a la carrera…

Y ahora a Roma. Mis ojos están llenos de esos enfermos que en mitad de la plaza imponente esperan. Tan frágiles. Ni siquiera saben que son el centro. Y yo, pequeña, que sí me sé el centro, ni siquiera quiero ya que me salude nadie. Todo para ellos.  Y María Bambina, y la pared decadente del Trastevere…

Y vuelta a casa a cerrar La casa. Y me acuerdo de Lorca y la advertencia al compadre de que su casa ya no es su casa. Y es verdad, si ellos no están, ¿qué casa hay ya? pero ay…se fueron y sus cosas se quedaron mirándonos. Aunque al estilo familiar, ni una pena que no le acompañe un chiste. Y la despedida fue fiesta.

Y lo extraordinario en lo ordinario, y tú al quirófano, y tú, siempre fuerte, débil. Y la oportunidad de quererte, pero no como siempre. Y pienso que reírse en la recuperación de la anestesia, rodeados de cables y enfermeras tiene mucho que ver con los votos nupciales…

Y antes alguien, a quien queremos y nos quiere, me había dicho, “¡despierta! ¿es que desde el 9 de agosto nada os ha pasado?, la tía Emily me tiene aburrida” y me emociona que ella, tan lista y generosa, espere algo de nosotros como si pudiéramos darlo. Y en esto se basa toda la ley educativa “dile a alguien que ni siquiera lo había pensado que puede y que le esperas, y moverá el mundo”. Gracias, tía Emily. Si tuviera montera te la tiraría al tendido.

Y con todo esto…Drexler nos canta que todo está vivo porque está en movimiento, no tenemos pertenencias, sino equipaje y llevamos el polen en el viento…por eso, te necesito ahora, en este minuto, porque por menos de Tu presencia, mi corazón se queda enjuto y seco.

En lugar seguro

“La tía Emily cree en la libertad del verano. No le preocupa mucho lo que hagan los niños siempre y cuando hagan algo, y sepan lo que hacen. Lo que no puede tolerar es la ociosidad y la dispersión mental. Cuando los niños se van de excursión, les mete en las mochilas guías de pájaros y flores, y los interroga cuando vuelven para ver si han aprendido algo. Cuando los acompaña a una noche de acampada y duerme en su raída tiendecita de campaña, pueden contar con unas instructivas charlas sobre las estrellas junto al fuego. En los días de lluvia como éste, se instala como una araña confiada en mitad de su tela hasta que el aburrimiento lleva a todos los niños del Point hasta su porche, donde les lee algo o les enseña francés”.

Leo parapetada en una hamaca de colores añiles, rosas y mostazas, sostenida por una cuerda de nudo gordo marinero entre dos columnas de piedra rojiza y siena. Su lectura te ha acompañado en julio, marido, y lo ha hecho tan bien que me persigues sutilmente hasta que me dejo acompañar yo por él en agosto. Ambos tenemos una cita después con nuestro amigo José Manuel para la segunda navegación de Un lugar seguro. Pasarse las lecturas como el que se pasa medicinas clandestinas es buena manera de dejarse sanar por el verano.

Bien, te decía que leía…desde hace años lo hago amenazada. Ya no hay largas tardes de verano para hacerlo, sólo encuentros furtivos cual amantes prohibidos…Paro un momento tras leer el párrafo de tía Emily. Estoy en el retrogusto cuando oigo a “nuestra primera” con “nuestra quinta” cocinar en el porche. La casa tiene una cocina exterior donde cocinamos viendo el cielo y los árboles de los que hemos cogido algunos de los ingredientes minutos antes. Se preguntan si hay alguna manera para cortar aceitunas, es decir, un único modo de hacer el mismo corte en todos. Ante su duda metafísica deciden hacer lo de siempre “mamáááá…..” y yo, que quiero hacer inadvertida mi presencia, mascullo un “pse..no…comoqueráis…” y sigo escuchando a los chicos zambullirse en la piscina de hinchables y olivos. Sé que en breve la escena idílica de campos de maíz se convertirá en campo de batalla porque “tú me has pegado primero…” pero por ahora, solo por hoy, que diría Roncalli, siguen riendo y no despiertan a la bebé que se acaba de quedar dormida.

Miro alrededor, los ojos apenas salen de la tela de colores, que si quieres, puede hacerte invisible, como cuando los niños se tapan los ojos para salir de escena. Y miro…y veo Un lugar seguro, la casa de nuestra familia, bien vivida, con sus noches de estrellas y sus dolores, llena de la vida que ha sido y que ahora es. Y veo la generosidad de los que nos quieren bien (y nos dicen “disfrutar de la vida! nada de lo que hay fuera se va a ir…descansad!”) y vuelvo a la novela, que cuenta la historia de un matrimonio, que gracias a otros, experimentaron la consistencia de la vida en casas bellísimas que nunca eran suyas pero que siempre se dejaron habitar por ellos, por pura gratuidad. La misma de la madre selva que me mira fijamente detrás de la hamaca.

Me como una aceituna cortada del revés.

Tiempo de verano

Tras la celebración de la que hablabas, marido, cada año vuelve a suceder. Cada año el verano. No había sido tan consciente como hasta ahora de que nuestro aniversario es la puerta de entrada a las noches de estrellas y el calor como prenda. Una especie de visagra a la vida más auténtica. Porque ¿no estamos hechos para esto?

 

Nosotros, los padres, seguimos trabajando. De hecho nos levantamos ahora más pronto que nunca, pero ¡está el sol! Y el cuerpo, cual girasol, es capaz de ponerse erguido y salir a la calle blandiendo el esfuerzo. Pero ellos, las criaturillas, pueden dormir sin ser despertados al grito de “no llegamos” que parece ser el lema motivador de la jornada de un posmoderno, llegar a algo. Porque uno siente que en esta vida tan repleta de quehaceres no se llega ni bien ni pronto a nada. Y cuando se despiertan deambulan por la casa en pijama y descalzos salen al jardín. No necesitan embuchar el desayuno, lo saborean como don. Y luego leen, saltan, hacen manualidades (la casa parece una papiroflexia venida a menos), se aburren, se pegan entre ellos y vuelven a necesitarse, cocinan dulces siempre duros y demasiado dulces, “hacen el vago” y de tanto hacerlo se aburren hasta de eso y deciden trabajar, riegan las plantas. Nadan, siempre sus cabellos húmedos. Y nos esperan a que lleguemos de trabajar.

 

Y nosotros, que hemos trabajado como siempre, sentimos que es fiesta. Porque ellos nos muestran como era ese lugar antes de que desnudos y avergonzados fuéramos expulsados.

verano