El tiempo de la libertad

Hoy comienzan nuestros hijos el tiempo de la libertad.

Esta mañana al iniciar el último día de colegio hemos puesto de manifiesto la alegría que esto debía causar. Los 6 con los pelos revueltos y “el buenos días” mascullado por el cansancio apenas nos seguían pero vivían la expectación. Y yo, una vez metida en el coche, me he dicho “…ay…”. Y he empezado a recibir los chistes propios del tiempo litúrgico a golpe de whatsap.

Pero ¿porqué junto con el desafío que nos supone este tiempo surge una alegría que no puedo censurar? Yo seguiré trabajando y a la vuelta del arado en vez de a hijos cansados como yo me voy a encontrar a fieras que han convertido la casa en el parque de bolas del Ikea. Y están esperándome los tíos para darme una tunda…

La respuesta la he encontrado en un profesor de Milán del siglo pasado que decía a los padres de sus alumnos “Lo que de verdad quiere una persona, sea joven o adulta, se comprende no por cómo trabaja o estudia – que es lo que está obligada a hacer -, sino por cómo emplea su tiempo libre. Si un chico o una persona madura desperdicia su tiempo libre, no ama la vida: es un necio. Por eso el tiempo de vacaciones es el más noble del año, porque uno se compromete como quiere con el valor que reconoce más relevante en su vida; o bien, no se compromete con nada, pero entonces es un necio”.

No estoy expectante por cómo nuestros hijos se comprometerán con este tiempo libre, sino por como nosotros como padres vamos a ser libres en este tiempo. Cómo vamos a mostrarles la grandeza de la vida cuando no hay programación escolar que nos parapete. Si somos libres haremos lo que queramos (esto es mucho suponer, ya lo sé) y entonces se nos verá el plumero y mostraremos aquello por lo que nos movemos.

Así que al quedarme esta mañana sola he decidido hacer la mochila de este verano. En ella he metido un texto sobre tomarse la vida en serio que colgaré cual manifiesto, unas cuantas normas básicas para ayudar a que la necedad se abstenga lo más posible de entrar en casa (que no el aburrimiento que será bienvenido en tanto compañero de búsqueda de tesoros) y una lista donde cada uno tendrá que apuntar lo que lee. Estos son los únicos deberes. No ha entrado ni un solo cuadernillo de vacaciones como no entran excelles o llamadas de trabajo. No se trata de mantener fresco lo que sabemos sino de dedicarnos a lo que aún no conocemos.

Me voy a casa…último día para encontrar las paredes en su sitio. A partir de ahora…¡comienza la función!

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Las manos apuntadoras

Me reconcilió conmigo tu mirada sobre mis manos. Si es que fuera tan fácil esto de perdonarse a uno mismo. Mis manos no se movieron con una razón amorosamente premeditada hacia nuestra hija para evitarla el mal de lo vano. Fueron más bien un manotazo de madre que si pilla una nuca y no sólo la tapa del ordenador hubiera hecho un dos por uno tan ricamente. Sí, ya sé que eso no quita ni un ápice de maternidad al asunto. Generación tras generación de pedagogía de la zapatilla, que decía Manolito. Pero…si pudiéramos tener la conciencia en las manos y saber el poder que tienen…

Dándole vueltas a esto me doy cuenta del reverso de las manos. No sólo de la palma, que tapa y también suplica, sino de la mano como indicadora. La mano, la mía, puede tapar de un golpe todo lo necio que entra por los ojos de los hijos hasta el alma, que ahí a ver como se tapa lo feo. Pero puede hacer más. Puede indicar donde está la belleza. Puede quitar la mano de los ojos, como aquel que tiene confianza y no sólo temor, y decir “mira. Todo esto es para ti. Todo está hecho para ti…¿Te lo vas a perder?”.

Sé que esta distinción es falaz porque ambas forman parte de la tarea educativa. El reverso no niega, sostiene la otra parte. Pero es fácil olvidar la labor de indicar cuando se está muy atareado en la vida. Dar un manotazo al ordenador dura 20 segundos (estoy incluyendo aquí también los refunfuños de folclore materno indicados en este tipo de dolencia) mientras que apuntar lo verdadero y bello que también esta delante de los ojos requiere de un poquito más de tiempo, de un una vista que vea de lejos. Pero ahí está la diferencia, porque si no me muestras que en el NO hay un SÍ enorme ¿de qué sirve todo esto?

MANOS QUE HACEN CUENTAS /Alberto Durero 1506,
Manos que hacen cuentas

Las manos espectrales

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Querida:

Hacía ya tiempo que no te escribía, pero la lectura del canto IX de la Comedia me ha llevado irremediablemente a pensar en nuestro reto educativo.

Nuestro admirado Nembrini toma la relación entre Virgilio y Dante como una elocuente imagen de la paternidad. Pues bien, en ese canto del infierno, los dos están ante las cerradas puertas de Dite. Pero parece que Virgilio, el guía, aquel que animó a Dante cuando este estaba en la selva oscura, empieza a dudar. No las tiene todas consigo, y lo que hace es disimular, para no aumentar el miedo de Dante. Toma, toma, que la cosa paternal se pone explícita.

Dante y Virgilio. Grabado de Gustavo Doré.

Al poco se encuentran con tres furias infernales, las Erinias, “con aspecto y miembros de mujer, llenas de sangre,/ con verdes hidras en el cinto y otras/ serpientes y cerastas en el pelo/ que coronaban sus feroces testas/…/ Se clavaban las uñas en el pecho,/ se daban golpes, y gritaban tanto/ que, amedrentado, me abracé al poeta”. Semejantes bichos además, amenazan con la llegada de Medusa (otra amiguita, ya sabes, a la que no se le puede mirar, a menos que te apetezca pasar al estado mineral). Virgilio ordena a Dante que se de la vuelta y que cierre los ojos, pero él además “con sus propias manos/ sobre las mías me cubrió los ojos”.

A mí este pasaje me habla a gritos. Me acuerdo de esa anécdota que contó Joaquín Sabina al Loco de la Colina (y que creo que he contado ya en este blog). Sabina de niño iba a un colegio salesiano, y de vez en cuando tenían una sesión de cine. Si había una escena de beso, un padre salesiano tapaba en ese momento el proyector. Pues bien, al cabo de los años, Sabina afirmaría: “ante tanta pornografía despistada como hay ahora, cuánto echo de menos a ese padre salesiano para que me tape con su mano”.

Cuando el otro día pillaste a nuestra segunda in fraganti viendo un vídeo de youtube titulado “Cómo teñirse el pelo” mientras se supone que estaba estudiando (“aquí, que se estudia muy bien sola”), evidentemente tuviste la reacción del padre salesiano. Te aplaudí y te aplaudo la contundencia. Claro, entre que a uno le pillan haciendo lo que no debe y el chasco de no ver terminar un tutorial tan práctico, la respuesta fue una rabieta. El “impasible el ademán” por tu parte, fantástico.

Pero no, no voy a dedicar un rato ahora al asunto de las nuevas tecnologías. Sino a observar las paternales manos de Virgilio, las del padre salesiano y las tuyas. Espectrales las primeras, transparentes. ¿Pero las del padre salesiano intentando cubrir el objetivo del proyector no parecerían también así? ¿y qué me dices de las nuestras ante tanta maquinita al alcance?

Sí, manos espectrales, pero necesarias, a las que aferrarse, las mismas que echarán de menos de mayores.

El amén de los árboles

Es el título del último libro de Jesús Montiel. Nos explicaba él mismo su significado hace unos días.

Ser como los árboles que viven diciendo amén a toda la realidad, sin ponerla en entredicho, sin sospechar de ella, sin quejarse, haga lluvia, viento o sol. Ser como los árboles que acogen el tiempo y dan fruto.

No está mal como regalo de cumpleaños, ahora que los nuestros se dan el relevo. No está mal como fruto de esta vida que va cumpliéndose. Ojalá pudiera ser yo la que regala esta forma de estar a los demás.

Y no está mal ahora que las circunstancias van dándose la mano unas a otras y las adversidades son cada vez más creativas. Decir amén como los árboles y creer que todo está sostenido por una presencia amorosa.

Decía otro amigo hace poco que aún recuerda el día en el que se dio el milagro en su vida. Duró poco, pero se rasgó el velo y pudo ver la eternidad. Desde entonces vive de esa nostalgia prendida como una flor en la pechera. Pero nos avisaba con sequedad “todo está lleno de milagros. Cada día hay pájaros cantando. No hace falta nada extraño. Sólo hay que estar atentos”.

No me parece extraño que a estas alturas de la vida, marido, haya tantas sincronías (dixit Buenafuente a este tipo de coincidencias) sobre el milagro y sobre lo extraordinario en los pucheros más cotidianos.

Un gusto cumplir la vida a su lado.

Hablando del Cielo

Era esa hora en la que todas las horas del día se cierran. Nos preparábamos tú y yo a hacernos uno con el sofá y dejar que el sueño fuera relentizando el “qué tal el día…” y de pronto: un grito. Era el de un hijo. Y seguido: el silencio. Nos pusimos en pie, bueno tú, que a mi mucho grito tiene que haber para que el pie me obedezca a esas horas, y te fuiste a la habitación de los niños. Allí, nuestro tercero, estaba tapado con la manta por la cabeza.

¿Qué te pasa???…

Que estoy pensando en la muerta y esas cosas…

El tercero nos tiene acostumbrado a estas ¿excentricidades? Bueno, nos tiene acostumbrados a poner el pie en la realidad. Sólo que era tarde y la verdad, el Cielo podía esperar, pensaba yo. Pero ahí estabas tú.

Pero, ¿por qué tienes miedo?…

Porque ¿cómo va a ser?? además, a mi me gusta esta vida, ¡esta! ¿sabes? y pensar que vosotros, que…todos…(llantos)

Mientras yo podía escuchar el silencio sostenido de cada uno de los 8 en sus respectivas camas pensando “a ver como resuelve la papeleta mi padre”. Ahí no se movió ni el tato. Expectantes. Educación a pie de urna.

Pero, hijo, tú ¿para que has venido al mundo? Además, ¿qué es lo que te preocupa no haber hecho si te mueres? porque podemos empezar a hacerlo ya…

Pues, todo…a mi me gusta el futbol, me gustan estos cuerpos que tenemos y allí, ¿cómo vamos a hacer?

Comenzaba el segundo round: el Cielo. Y el cuarto se une a la fiesta y apunta:

Allí podrás conocer a Di Stefano ¡y que te firme un autógrafo!

A lo que tú ya metido en faena reclamas

¡Qué mierda autógrafo! ¡allí no necesitaremos autógrafos! seremos hermanos. Jugarás con él al futbol

El tercero sigue bajo la manta. La angustia no le deja ver, ni respirar. Pero el cuarto exclama:

¡Papa! ¡pues nos morimos tú y yo!!

Empieza a intuir la belleza que tú, padre, anhelas para tus hijos. Por qué si no, me pregunto yo desde el sofá, ¿para qué les hemos traído a este mundo?

Pero esta exaltación “del novio de la muerte” que tiene nuestro cuarto no la obedeces. Estás atento sólo al desasosiego del tercero, que sigue llorando y sigue husmeando como un perro de presa que hay en esta vida que pueda asirse hasta que sea eterno. Le empiezas a hablar del cielo, pero no lo haces como un lugar idílico sólo, ¿a quién le interesa un lugar?, le hablas de Quien espera, le hablas de Alguien. Y él, cargado de cita bíblica a sus espaldas, suelta:

Pero qué vas a saber tú??? si ni ojo vio ni oído oyó…

Tú sueltas unos cuantos improperios ante la ocurrencia paulina…ya le vale al de Tarso! dices, y volviste al comedor cual torero revolcado en la plaza pero sin haberte apeado ni un sólo momento de ese lugar donde el toro puede ganar. Me miraste “la próxima conferencia la impartes tú, vale?” … Y supe que los 8 habíamos tocado un poco de cielo esa noche.



Escatología en zapatillas de andar por casa

Bajaba ayer las escaleras de la universidad que llevan de mi lugar de trabajo a la calle y escucho “venga que ya es jueves” a lo que la voz receptora responde “sí, ¡¡ya queda menos!!”. Ambas voces animadas se dan palmadas en la espalda y se separan.

Ya queda menos, ¿para qué? pensé. Ya ya…imagino. Para el viernes, para las copas o para quedarse en casa descansando, para estar con la familia o para echarse un partidillo con los amigos…yo que sé. El caso es que ya queda menos. Y enseguida me sobrevino ¡y tanto que queda menos! un día menos para la funesta hora…

Perseguimos algo, corremos tras de algo. Acabo de escuchar ahora mismo, mientras escribo, en el rellanismo de la escalera (José Mota, dixit…) “venga, chicos, que ya es viernes”. Y si hubiera estado yo tras la puerta hubiera respondido con toda la empatía vecinal “sí, qué bien, verdad?”…No nos salvamos de esta carrera. Participamos de esta cosmovisión como lo hacemos de Melchor, Gaspar y Baltasar. Podremos jugar en equipos diferentes en la vida pero llega el viernes y nos hacemos hermanos. Y un poquito más tarde volvemos a encontrarnos y todo quisqui entiende “aquí…de lunes” como si fuera el mantra a cuyos pechos nos criamos. Y ahí toda la escatología del mundo, esta vez en forma de estercolera, se pone en nuestra expresión.

Insisto…para qué. Por qué esta carrera de fondo. Hacia dónde. Vivimos como si alguien nos hubiera prometido algo.

Voy a comprobarlo ¡que ya es viernes!

A tan solo unas horas de…

que pronunciemos 2018 para recordar algo, alguna persona, alguna circunstancia, esa anécdota que se quedó atrapada ya para siempre en esa cifra.

Perdón por las veces que me consideré el centro de la circunstancia, el mesías de los demás, la altura última de las cosas. Pido perdón por lo cadáveres que dejé si los he dejado en alguna conversación, en alguna mirada, en algún juicio.

Gracias por el aliento de cada día multiplicado por 8, y por tantos otros a los que amo. Porque hoy no es siempre todavía pero a veces sí…y eso es un milagro. Doy las gracias porque cada hijo nos hace experimentar que la vida no es perfecta pero sí santa y toda educación comienza en el reto. Y tú recordándome cada día “para estos partidos nos hicimos futbolistas”…te doy las gracias por ello, y tantas. Gracias por los amigos, gracias por esta extraña compañía. Gracias por dejarme vivir como criatura y no como dueña de la viña, por aprender a disfrutar también cuando las cosas no van bien, incluso cuando el alma está encogida. Gracias por el tiempo de fiesta que nos permitimos para aprender a escribir relatos o para en silencio poder escuchar. Gracias por la desembocadura del Duero. Gracias porque a pesar de los pesares jamás hemos dudado de que el Sentido de las cosas nos busca y que nuestro despiste nunca gana. Gracias por los 40.

Y ahora, a unas horas de poner 2019 en la esquina derecha de la tarea de cada día… Pido que nunca nos falte la certeza de porque vivimos. Y te pongo a ti, Miguel. Tú que tan pequeñito sostienes el mundo.

Oración para educar

Te escribo porque ya sabes que yo solo soy competente en la súplica.

Ya nos los avisabas, “no os maravilléis de esto porque…” ¡Porque no sabéis lo que viene! Y lo que venía eran unos cuantos dones inmerecidos, que Tú, inconsciente de la vida, pones a nuestro cargo, y que, por inmerecidos, nos sobrepasan.

Concédeme entender que la tarea es sembrar, y no tanto recolectar.

Así que ya sabes que voy a ir pidiéndote la salud del cuerpo, y como Moro, el buen humor necesario para mantenerla.

 Y me pones cuarto y mitad de alma santa, que, aunque no lo parezca, yo lo que quiero es plenitud también en la más simple contingencia cotidiana.

Dame serenidad para que no me asuste el pecado, el mío. Y recuérdame (mucho, muchísimo) a caer en la cuenta del detalle de que debajo del barro,están ellos, los dones.

¡Ay! Y, sobre todo, ¡que viva la primera persona del plural! 

Así sea.

De la pobreza al infinito

Los periodos de convalecencia son especiales. En una familia como esta, no dejan de ser un big time de primera clase, porque reposo, #nocogerpeso y demás brico-consejos de los médicos luego hay que llevarlos de dicho al hecho. El caso es complejo, pero he decir que también he podido rozar levemente con los dedos la pobreza y la poquedad propia, que siente divinamente, empezando por la mella que deja en el alma ya para siempre la batita hospitalaria con la que se te ve el culo hagas lo que hagas.

Pero hay que reconocer que el reposo da para mucho. Parece que la realidad se esponja y permite cierta apertura, de esa que permite descubrir la facultad de recoger el ciento por uno y que la vida no termine siendo los días que nos quedan por vivir.

Tras la operación, mientras yo estaba en la sala para despertarse de la anestesia (donde uno medio grogui empieza a tomar consciencia de lo sucedido y dice chorradas. URPA creo que lo llaman), me cuentas que habías pasado rato en la capilla. Allí te encontraste con una vecina de las de no más que saludar en el pasillo, o quizá algo más desde que su chaval sufrió un accidente que casi lo mata. Los encuentros fuera del contexto habitual obligan a más explicaciones. Ella te cuenta que va todos los días allí mientras el chico tiene su sesión de rehabilitación, y “aquí paso el rato. Yo no vengo a rezar. No sé hacerlo. Pero me pago el rato hablando con Él enfadada. Le digo ‘¿por qué permitiste que le pasara?’ y al momento le doy las gracias por haberlo salvado. ¿Tienes un mechero? Hoy vengo a poner una vela por un chaval que me han contado que le he pasado algo parecido, pero se ha quedado en coma. Yo no sé cómo se reza, pero vengo aquí todos los días”.

Tratar de amistad con quien bien nos quiere, ¿y dices que dijo que no sabía rezar? Nos descalzamos, que pisamos terreno sagrado.